Del remedo bacheletista al estilo Manouchehri: el paso que aleja a Jara de La Moneda. Por Juan Pablo Rodríguez

Ex-Ante

De cara a la segunda vuelta emergió un segundo personaje: la Jara estilo Manouchehri. Más que persuadir a los moderados, el objetivo pasó a ser encender a la barra brava, revivir a Pinochet e insinuar, mediante afirmaciones falsas, que si gana Kast se vendrá poco menos que el apocalipsis democrático y un recorte masivo de beneficios sociales como la PGU.


Una de las curiosidades de esta campaña ha sido ver cómo Jeannette Jara fue mutando de personaje en personaje, como si cada semana buscara un disfraz nuevo que calzara con el objetivo del momento.

De pasado octubrista y militancia en la izquierda dura, partió la campaña intentando encarnar un “bacheletismo” amable, pero sin el carisma de la expresidenta; hoy se mueve más bien en el registro estridente y virulento del diputado Manouchehri, especialista en atacar, pero incapaz de convencer. El problema no es solo estético: este giro puede ayudarle a evitar una derrota humillante, pero vuelve casi imposible ganar la segunda vuelta.

A medida que avanzaba la primera vuelta fue quedando claro que el traje bacheletista le quedaba grande. Jara no tiene ni la biografía, ni la trayectoria institucional, ni el magnetismo de Bachelet; su experiencia es la de una militante comunista que, precisamente por ello, ha pasado por distintos cargos públicos, y que, como Ministra del Trabajo, demostró talento político para adueñarse del logro colectivo de la aprobación de la reforma de pensiones.

El intento de construirse como una figura transversal chocó con la realidad: representa la continuidad de un gobierno minoritario, milita en un partido extremo que descree de la democracia liberal y su programa no implica ninguna rectificación real de los errores del último ciclo progresista. Entre otras cosas, eso la condujo a un resonante fracaso en primera vuelta y generó una sensación de derrota definitiva, casi imposible de sacudir.

De cara a la segunda vuelta emergió un segundo personaje: la Jara estilo Manouchehri. Más que persuadir a los moderados, el objetivo pasó a ser encender a la barra brava, revivir a Pinochet e insinuar, mediante afirmaciones falsas, que si gana Kast se vendrá poco menos que el apocalipsis democrático y un recorte masivo de beneficios sociales como la PGU.

Esta virulencia tiene una lógica electoral de corto plazo: un discurso más confrontacional moviliza a los convencidos, ayuda a evitar el desfonde, hace que la derrota no sea por goleada y preserva cierto liderazgo interno en la izquierda. Pero, en vez de disminuir el miedo que una parte relevante del país tiene a la izquierda gobernante, este estilo lo refuerza. Para el votante medio, que quiere tranquilidad más que épica y que castiga la confrontación permanente, esto es una mala noticia y, para Jara, es la pavimentación del camino a una nueva derrota.

El contraste se vuelve evidente en los debates. Mientras Jara reparte descalificaciones, se victimiza artificialmente, interrumpe de forma permanente y dedica buena parte de su tiempo a hablar de su adversario, Kast insiste en cómo gobernar: qué hará en los primeros 90 días, cómo piensa enfrentar la crisis de seguridad, ordenar la frontera y recuperar el dinamismo. Se podrá estar de acuerdo o no con sus propuestas y mostró debilidad en alguna de sus respuestas, pero hay un mensaje claro: él está mirando el día después de la elección; ella, la noche del resultado.

Ese contraste termina cristalizando una idea peligrosa para la propia Jara: que mientras ella solo aspira a perder por poco, Kast se comporta como alguien que se está preparando para gobernar. Ella proyecta desesperación y él, con una estrategia conservadora que a ratos peca de excesiva ambigüedad, proyecta estatura presidencial.

En vez de aparecer como una alternativa real de poder, la candidata oficialista queda convertida en vocera de una minoría ruidosa que se resignó a administrar la derrota. Kast, por su parte, aprovechando las condiciones estructurales de esta elección, cosechando los frutos de una década de construcción de un proyecto político serio y con una flexibilidad táctica que recoge los aprendizajes de sus campañas pasadas, le habla a la mayoría, proyecta templanza y se prueba la banda presidencial.

El martes, en Anatel, tendremos el último debate y veremos, nuevamente, esta confrontación de estilos. Si bien estas instancias se han mostrado incapaces de mover el resultado —la ingente cantidad de comentarios sobre los debates de primera vuelta fue inversamente proporcional al efecto que tuvieron en la elección—, al ser el último podría influir en quienes deciden su voto al final y, por lo mismo, es importante que los candidatos lleguen con sus estrategias afinadas.

Kast deberá equilibrar mejor la cautela que le impone su posibilidad de triunfo con la resolución que espera un electorado mayoritario que quiere un cambio radical. Jara, por otro lado, deberá decidir si escala la confrontación o si, por fin, intenta hablarle al votante medio indeciso.

Si en el último debate Jeannette Jara confirma su estrategia virulenta, es probable que el domingo se selle una derrota por amplio margen que, con su propia soberbia como testigo, conduzca a José Antonio Kast a la historia de Chile y a ella a la irrelevancia.

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