En su primer discurso como presidente electo, Kast enfatizó su voluntad de llevar adelante un proceso de cambios que mejore efectivamente la vida de las personas, restablezca el respeto a la ley y permita vivir sin miedo. Corresponde valorarlo. Es muy valioso que haya dicho también que será el presidente de todos los chilenos.
El contundente triunfo conseguido por José Antonio Kast sobre Jeannette Jara en la segunda vuelta presidencial representa sin duda un viraje en el rumbo del país. Luego del gobierno del bloque izquierdista que lideró Gabriel Boric, cuyo proyecto político estuvo asociado a una transformación radical del país a partir de una nueva Constitución, una amplia mayoría ciudadana ha optado por un cambio que se orienta en un sentido exactamente opuesto. Las fuerzas de derecha han conseguido su victoria más resonante desde la recuperación de la democracia, y corresponderá estudiar cómo se originó.
Debemos celebrar que el proceso electoral haya concluido del modo ejemplar al que estamos acostumbrados en Chile. Los resultados se conocieron a las pocas horas, la candidata derrotada felicitó prontamente al vencedor, al igual que el presidente Boric. Y como ya es tradición, se programó de inmediato el encuentro entre el mandatario en funciones y el presidente electo con el fin de tratar los asuntos propios de la transmisión del mando y la continuidad institucional. Ello es parte del patrimonio democrático que causa respeto en el exterior y que debemos proteger entre todos.
Del resultado, se derivan muchos temas de análisis, que es de esperar que estimulen la reflexión dentro de los partidos. Uno de ellos es el significado político, sociológico también, cultural incluso, de que en la elección presidencial de 2021, Gabriel Boric se haya visto favorecido en la segunda vuelta por los temores que provocaba Kast, y que ahora, en cambio, el líder republicano haya conseguido el respaldo del 58,17% del electorado para gobernar en el período 2026-2030.
Por lo menos, tendríamos que deducir que la sociedad está siempre en movimiento, que las mareas electorales van y vienen, que no se sostiene la interpretación entusiasta sobre la durabilidad de los triunfos y que es preferible que ninguna fuerza crea que, al ganar una elección, está inaugurando una nueva era. Lo único que sirve es el sentido de las proporciones. En democracia, nadie gana todo, y además nadie gana para siempre.
En marzo próximo, iniciará su gestión un gobierno de impronta conservadora, lo que no tiene precedentes desde la recuperación de la democracia en 1989 y que, precisamente por eso, plantea no pocos interrogantes. Si Kast obtuvo 23,9% de los votos en la primera vuelta, quiere decir, obviamente, que la votación que consiguió ahora se explica porque una mayoría del electorado, pese a las dudas, optó por su nombre frente a la otra alternativa. Siempre es así en la segunda vuelta: gana quien despierta menos recelos. Nada de esto reduce la legitimidad del triunfo, pero acota sus circunstancias políticas y hace recomendable una actitud de modestia.
Aunque los discursos de campaña de Kast han dado luces generales respecto de sus motivaciones, solo tendremos una idea más nítida de lo que será su sello político y su estilo de gestión y comunicación cuando dé a conocer quiénes serán sus ministros y otros altos cargos. Todo parece indicar que se propone gobernar con una coalición que integre a todos los partidos que lo apoyaron en la campaña, incluidas las corrientes de centro.
Durante la campaña, los adversarios de Kast describieron un universo de referencias internacionales que harían temer un rumbo extremista de un gobierno suyo. Es cierto que algunas simpatías expresadas por él en diversos momentos podrían llevar a pensar que gobernantes como Trump, Bukele o Milei pudieran ser una fuente de inspiración. Si así fuera, las inquietudes se justificarían sobradamente. Los fundamentos de la democracia liberal no pueden debilitarse.
Confiemos, pues, en que Kast y los dirigentes republicanos conozcan lo suficiente a Chile como para no dejarse tentar por el trasplante de modas y modelos externos para afrontar los problemas nacionales. Cometerían un error garrafal si lo hicieran.
El país entrará ahora en una etapa en la que todos los gestos y pronunciamientos del mandatario electo y sus colaboradores serán señales sobre lo que puede venir. Es deseable que generen una corriente de confianza y buena voluntad. De aquí a marzo, será muy relevante que los nuevos equipos afinen los planes de gobierno de modo que la sociedad tenga la mayor claridad posible acerca de cuáles serán las iniciativas prioritarias y la forma de implementarlas.
Kast tiene hoy la oportunidad de mostrar un horizonte compartido, una perspectiva de integración nacional que despierte las energías creativas que existen en la sociedad. Ello exige un liderazgo que aliente, por encima de cualquier partidismo, un esfuerzo común en favor del crecimiento económico, el desarrollo social y el progreso institucional.
Luego de tantas convulsiones y confusiones, Chile necesita hacer retroceder la incertidumbre asociada al flagelo de la criminalidad. He allí el mayor reto del nuevo gobierno. Si consigue que el país mejore en ese ámbito, ello será apreciado por la inmensa mayoría.
En su primer discurso como presidente electo, Kast enfatizó su voluntad de llevar adelante un proceso de cambios que mejore efectivamente la vida de las personas, restablezca el respeto a la ley y permita vivir sin miedo. Corresponde valorarlo. Es muy valioso que haya dicho también que será el presidente de todos los chilenos.
Juzgaremos al nuevo gobierno por sus frutos.
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