Volver a los clásicos: “Anna Karénina” cumple 150 años. Por Héctor Soto

Considerada una de las obras cumbres de la literatura rusa, esta novela de Lev Tolstoi es un portento de introspección y un retrato social de contornos descomunales. Junto a Emma Bovary, Anna integra el binomio de las más celebre adúlteras de la imaginación romántica.


La lectura de Anna Karénina, que comenzó a publicarse durante más de dos años en una revista rusa hace siglo y medio y apareció como novela completa en 1878, sigue siendo hasta hoy un tremendo festín. No es solo una historia fascinante del novelista que mejor ha logrado transmitir en sus libros “la sensación de la vida misma”. También es el retrato colosal de uno de los personajes más notables  y perennes de la literatura universal: Anna Karénina, mujer bellísima, madre cariñosa y abnegada, figura querida y de gran ascendiente tanto en su familia como en los selectos círculos aristocráticos de San Petersburgo y Moscú.

Está casada con un mediocre, unos veinte años mayor que ella, que no es un mal tipo y se desempeña como prominente funcionario de la burocracia zarista. Hay que ir al Quijote, a Madame Bovary, quizás al Raskólnikov de Crimen y castigo, para encontrar caracteres del tonelaje, la riqueza y densidad que tiene Anna.

Su problema es que, teniendo con su marido un matrimonio fundado en la rutina y el respeto, un día se enamora y de enamora perdida y apasionadamente de un oficial de la caballería imperial, el conde Alexiéi Vronski, un joven apuesto, mundano, frívolo, rico y seductor. Ella pierde los estribos y la compostura. Él no tanto al comienzo, pero indudablemente se siente halagado tras seducir a una dama de esta categoría. Ella abandona no solo a su marido sino también a su hijo. Rompe con su entorno y desafía el qué dirán. Se va con su amante al extranjero.

El sacrifica su carrera militar y viven años de plenitud, aunque siempre bajo la presión del rechazo social, del amor truncado por ese niño que quedó sin madre y de la perspectiva de un divorcio que el marido nunca le llega a conceder.

Después de un tiempo, todo se irá viniendo abajo, no porque el amante la abandone, ni mucho menos, sino simplemente porque llega el momento en que se descompensa, seguramente porque no es capaz como mujer de resistir el peso de la deserción familiar y el rechazo social que genera.

La Anna que era dulce, encantadora y sensata se va volviendo gradualmente insegura, posesiva, irascible, amargada, paranoica, a pesar de no existir ni un solo momento en el cual Vronski deje de quererla o respaldarla, por lo menos hasta donde un hombre como él -exitoso, autónomo, amistoso y requerido socialmente- puede hacerlo. Eso a ella no le basta. Exige más y a partir de esta compulsión emocional, fundada no en hechos sino en percepciones subjetivas, sobrevendrá la tragedia.

A diferencia de Emma Bovary, la inmortal heroína de Flaubert, que es una mujer que, intentando escapar del aburrimiento matrimonial y de la vida provinciana, se inventa intensidades románticas con amantes que nunca están a la altura de sus fantasías, Anna sí conoce la pasión carnal y es paradójicamente la pasión lo que la pierde. Una relación de pareja centrada en la pasión no puede sobrevivir, al menos no desde la perspectiva moralista de Tolstoi.

La experiencia de estos amantes está en las antípodas de la conducta de Kiti, la esposa perfecta, hermana de su cuñada de Anna, quien luego de haber sido rechazada por Vronski en su juventud, es capaz de sobreponerse y unirse en matrimonio a un atormentado terrateniente, Lievin, siempre atribulado por sus responsabilidades frente a la familia, al campesinado, a la sociedad rusa del momento y también frente a los códigos buenistas que suscribe.

En la figura majadera de este personaje el conde Lev Tolstoi, escritor especialmente complejo, concentró muchas de las dudas, de los desgarros, de las contradicciones, de las renuncias y de las inconsecuencias que lo fueron metiendo a él, hacia el final de su vida, en un callejón sin salida: no encontró manera de conciliar sus convicciones anárquicas con su arrogancia de aristócrata.

Tampoco pudo ecualizar su riqueza con la idealización de la pobreza, o sus fugas libertinas con el puritanismo ascético que predicaba, ni su fe en Jesús con el rechazo a la iglesia establecida y sus responsabilidades como jefe de hogar con el odio que le terminó profesando a su esposa y parte de la familia, no obstante que el suyo había sido un buen matrimonio y un hogar feliz durante largos años.

Anna Karénina es una novela larga desplegada a través de ocho partes, cada una dividida en unos 30 capítulos cortos en promedio. Todos entretenidos y fáciles de leer. La única dificultad radica en la maldita costumbre de los rusos de ponerle tres o cuatro nombres a cada personaje. Esta profusión onomástica, que los editores deberían ayudar a clarificar y no lo hacen, desde luego confunde al lector.

La novela, sin embargo, es perfecta como fresco de un país, de una época y de tres o cuatro personajes que son inolvidables, partiendo por ella y su amante. Muchos lectores lamentarán eso sí que el relato se prolongue hasta más allá del descalabro de su protagonista con las disquisiciones bizantinas de Lievin y sin decir una sola palabra sobre el destino que aguarda el conde Vronski. Está claro que Tolstoi nunca quiso mucho a este personaje y que su corazón estaba puesto en los farragosos altibajos emocionales, intelectuales,  psicológicos y religiosos del irresoluto Lievin.

Hay que leer y releer Anna Karénina. Más allá de su extensión, no es ninguna proeza. Entre otras cosas, porque pocos libros recompensarán con tanta generosidad al lector.

Anna Karénina

Lev Tolstoi. Penguin Clásicos. 2022. 1024 pp.

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