La normalización inconclusa del empleo. Por Carolina Godoy

Reconocer la desalineación entre la estabilización macroeconómica y la evolución del empleo es clave para evitar interpretaciones complacientes. El desafío del período no será solo consolidar el crecimiento, sino lograr que éste se traduzca efectivamente en mayor ocupación y en un mercado laboral más dinámico y plenamente integrado.


Más allá del ruido coyuntural de los datos mensuales, el ciclo económico va dejando una señal clara: uno de los principales puntos de tensión de la economía chilena hoy se encuentra en el mercado laboral. Mientras las variables macroeconómicas avanzan hacia un escenario de mayor estabilidad, el empleo sigue mostrando una normalización incompleta, con brechas persistentes que no se explican por un shock puntual, sino por una desconexión más estructural entre actividad y absorción de trabajo.

El último dato de empleo mostró una caída de la tasa de desocupación desde 8.4% a 8.0% que, si bien es una mejora, es insuficiente para hablar de una tendencia clara a la baja. Esa caída convive con tasas de participación y ocupación que siguen por debajo de niveles previos a la crisis social y la pandemia, y con un número creciente de personas fuera del mercado laboral que podrían reincorporarse bajo mejores condiciones. En ese marco, la tasa de desempleo, por sí sola, entrega una fotografía incompleta del estado real del mercado laboral.

Todo esto ocurre en un contexto donde la inflación convergerá hacia la meta del 3% durante el 1T26 y el crecimiento económico cerró el año 2025 en 2.3%, es decir, no es una economía en recesión ni un escenario de inestabilidad macro. Precisamente por eso, el rezago del empleo se vuelve más relevante: revela que la normalización del ciclo no está ocurriendo de manera homogénea.

Participación, ocupación e inactividad: las holguras que persisten

Uno de los elementos más ilustrativos de esta desconexión es la persistencia de brechas en participación y, sobre todo, en ocupación laboral. Antes de 2019, la tasa de ocupación se ubicaba en torno al 59% y mostraba una tendencia gradual al alza. Hoy, esa normalización no se ha retomado.

Considerando el tamaño actual de la población en edad de trabajar, volver a esos niveles implicaría del orden de 300 mil ocupados adicionales respecto de los observados. No se trata de una caída abrupta reciente, sino de una brecha estructural respecto de lo que cabría esperar dada la expansión demográfica y el nivel de actividad.

A estas brechas se suma la evolución de los inactivos potencialmente activos, un indicador menos visible en el debate público, pero clave para entender las holguras subyacentes. Desde 2022, este grupo ha aumentado en más de 200 mil personas, elevando la tasa de desempleo potencial desde niveles cercanos al 14% hasta 16.2% en la actualidad.

En la práctica, esto refleja un grupo relevante de personas que no están participando en el mercado laboral, pero que podrían hacerlo si las condiciones mejoran. Su aumento sugiere que parte de las holguras del mercado laboral se están manifestando fuera de la fuerza de trabajo, por lo que no quedan plenamente reflejadas en la tasa de desempleo tradicional.

Esta combinación -participación baja, ocupación rezagada e inactividad potencial en aumento- ayuda a entender por qué una caída puntual del desempleo no basta para afirmar que el mercado laboral esté entrando en una fase de recuperación sostenida. Las holguras existen y no son menores; simplemente no se manifiestan de manera directa en el headline.

Inversión y empleo: una relación no automática

La composición del crecimiento reciente aporta una clave adicional para interpretar este escenario. La inversión fue en 2025 uno de los principales motores de la actividad y, desde una perspectiva macroeconómica, sigue siendo el componente clave para sostener el crecimiento de mediano plazo y expandir la capacidad productiva. Sin embargo, su impacto sobre el empleo no es automático ni homogéneo.

Una parte importante del impulso de la inversión provino de maquinaria y equipo, con un alto componente importado. Este tipo de inversión contribuye a mejorar productividad y capacidad instalada, pero presenta una tracción más acotada sobre el empleo local en el corto plazo. La traducción de inversión en puestos de trabajo depende de factores como la velocidad de ejecución de los proyectos, su complementariedad con sectores más intensivos en mano de obra y los rezagos entre la decisión de inversión y su materialización efectiva.

En este contexto, no resulta contradictorio observar cifras positivas de inversión junto con un mercado laboral que avanza más lentamente. El desafío no está en cuestionar el rol de la inversión como motor del crecimiento, sino en reconocer que su impacto laboral depende de condiciones específicas que no se dan de manera generalizada en el ciclo actual.

Una normalización aún pendiente

La caída reciente del desempleo es una señal insuficiente para hablar de una normalización del mercado laboral. Mientras la ocupación no retome trayectorias más consistentes con el tamaño actual de la población en edad de trabajar y mientras los inactivos potencialmente activos sigan aumentando, las holguras laborales continuarán condicionando la sostenibilidad del crecimiento.

Reconocer la desalineación entre la estabilización macroeconómica y la evolución del empleo es clave para evitar interpretaciones complacientes. El desafío del período no será solo consolidar el crecimiento, sino lograr que éste se traduzca efectivamente en mayor ocupación y en un mercado laboral más dinámico y plenamente integrado.

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