Muchos directorios que aprobaron sus planes a fines del año pasado hoy enfrentan un mundo distinto. No es que el plan haya dejado de servir, pero varios de sus supuestos clave requieren revisión. En algunos casos, simplemente dejaron de ser válidos.
En los directorios suele repetirse una pregunta: ¿qué tiene que pasar para que resulte el plan estratégico? Frente a un shock geopolítico como la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, esa pregunta se queda corta. La interrogante de fondo cambia: ¿qué pasa si el mundo deja de comportarse como suponíamos?
El impacto se traslada rápido a la economía real: energía más cara, inflación más persistente, mayor volatilidad y cautela en las decisiones de inversión. Si el conflicto se prolonga, es razonable anticipar un menor crecimiento global y presiones inflacionarias por sobre lo incorporado en muchos planes. El mundo está cambiando demasiado rápido como para seguir operando con los supuestos de diciembre.
Para Chile, esto tiene implicancias directas. Se instaló la expectativa de un nuevo ciclo favorable, impulsado por la demanda de cobre y un mayor foco en crecimiento económico. Ese escenario estructural sigue vigente, pero su velocidad —y por tanto su impacto— puede cambiar. Si esas economías se enfrían, el impulso podría demorarse más de lo previsto.
En la práctica, esto tiene consecuencias concretas. Los proyectos en construcción probablemente seguirán su curso. Distinto es el caso de aquellos en evaluación o listos para partir: en contextos de mayor incertidumbre, esas decisiones tienden a postergarse, justo cuando el país necesita nuevas inversiones.
En minería, por ejemplo, existen estimaciones por sobre los US$100.000 millones en inversión hacia 2030 para acompañar la demanda de cobre global. La pregunta ya no es solo si esa inversión ocurrirá, sino cuándo y bajo qué condiciones de precios, costos de financiamiento y estabilidad geopolítica. Un conflicto prolongado que enfríe a China, Estados Unidos o Europa puede mover ese calendario.
Por eso, muchos directorios que aprobaron sus planes a fines del año pasado hoy enfrentan un mundo distinto. No es que el plan haya dejado de servir, pero varios de sus supuestos clave requieren revisión. En algunos casos, simplemente dejaron de ser válidos.
No se trata de cambiar la estrategia ante cada crisis. Se trata de hacer algo propio de los buenos directorios: someter el plan a escenarios adversos antes de que la realidad lo haga por la fuerza. Incorporar, por ejemplo, un escenario en que la guerra se prolonga, las economías se enfrían y el boom exportador se posterga.
También implica prepararse: definir qué proyectos se ralentizan, cuáles se posponen y cómo se ajusta la estructura de costos si cambian las condiciones. Y revisar la resiliencia financiera bajo supuestos más exigentes que los de hace apenas unos meses.
Cuando el entorno cambia con esta velocidad, el desafío ya no es solo ejecutar el plan aprobado. Es preguntarse, con honestidad, si ese plan sigue siendo válido hoy. Y asumir que esa pregunta probablemente habrá que repetirla antes de que termine el año.
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Si el Estado relativiza la ley, otro riesgo para el directorio. Por Pepe Barroilhet.https://t.co/uZbCF2bL4F
— Ex-Ante (@exantecl) January 29, 2026
