En este nuevo escenario, la resiliencia deja de ser defensiva y pasa a ser estratégica. Reconocer que el riesgo cambió de escala obliga a actuar en consecuencia y a nivel país, se requiere una planificación más exigente, capaz de anticipar escenarios extremos y reducir vulnerabilidades estructurales.
La edición 2026 del Global Risks Report, presentada esta semana en Davos, no solo nos muestra un ranking de amenazas globales, sino que confirma un cambio más profundo en la naturaleza del riesgo. Lo que antes se analizaba como escenarios de baja probabilidad hoy ocurre con una frecuencia que desafía los supuestos tradicionales de planificación. Chile es un ejemplo elocuente y adelantado de esta transformación.
Durante años hablamos de incendios forestales como emergencias estacionales, pero hoy esa narrativa quedó obsoleta. Seguimos planificando, invirtiendo y asegurando como si estos eventos fueran excepcionales, cuando la evidencia muestra lo contrario.
Los incendios que estamos enfrentando en el país ya no son episodios aislados ni “anomalías climáticas”, sino verdaderos mega incendios: más extensos, más rápidos, más destructivos y con impactos económicos, sociales y ambientales. Su recurrencia está tensionando la infraestructura crítica y revelando vulnerabilidades que no fueron diseñadas para operar bajo estrés permanente. Son eventos que presionan los seguros, golpean la inversión y ponen a prueba la capacidad de respuesta del Estado y del sector privado.
Este fenómeno, además de ser climático, se ha transformado en uno sistémico. El Global Risks Report 2026 advierte que los eventos climáticos extremos seguirán escalando como una de las principales amenazas económicas globales, precisamente por su capacidad de amplificar otros riesgos: interrupciones operacionales, conflictos sociales, pérdidas financieras y mayor incertidumbre regulatoria. En un país altamente expuesto como Chile, ignorar esta interconexión es un error de altísimo impacto estratégico.
A esto se suma un contexto global más fragmentado y volátil, donde las tensiones geopolíticas, disrupciones en el comercio y aceleración tecnológica conviven con riesgos físicos cada vez más severos. Para las empresas, el desafío ya no es reaccionar cuando ocurre la crisis, sino anticipar escenarios donde estos eventos dejan de ser la excepción y pasan a ser parte del nuevo equilibrio.
Los mega incendios obligan a replantear cómo entendemos la gestión del riesgo, donde ya no bastan planes de contingencia o coberturas tradicionales. El riesgo climático dejó de ser una variable externa y hoy condiciona el crecimiento, la continuidad operacional y el valor de largo plazo. Persistir en modelos diseñados para un clima que ya no existe implica asumir costos crecientes, muchas veces invisibles hasta que es demasiado tarde.
En este nuevo escenario, la resiliencia deja de ser defensiva y pasa a ser estratégica. Reconocer que el riesgo cambió de escala obliga a actuar en consecuencia y a nivel país, se requiere una planificación más exigente, capaz de anticipar escenarios extremos y reducir vulnerabilidades estructurales.
A nivel empresarial, implica incorporar el riesgo climático y operativo en la toma de decisiones de inversión, continuidad y aseguramiento. En un entorno donde la incertidumbre ya no es transitoria, gestionar mejor el riesgo es una condición para sostener el crecimiento.
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— Ex-Ante (@exantecl) January 19, 2026
