Compliance y la ética. Por Rodrigo Reyes

Las empresas que prosperarán en este siglo no serán aquellas que simplemente “no rompan la ley”, sino aquellas que logren que cada uno de sus miembros, desde el CEO hasta el analista, comprenda que su mayor falta ética es el abandono de la responsabilidad que su cargo le impone ante la sociedad y sus accionistas.


En la última década, el concepto de compliance ha protagonizado una metamorfosis radical. Lo que nació como un apéndice técnico-jurídico para evitar sanciones se ha desplazado hacia el núcleo de la estrategia corporativa. Sin embargo, persiste una pregunta en los directorios: ¿es el compliance meramente el cumplimiento de la ley o incluye la ética? La respuesta moderna es contundente: el anglicismo compliance es, en su esencia, la institucionalización de la ética.

Para comprender esta integración, debemos abandonar paradigmas anacrónicos. Durante años, el control interno se centró en prevenir el “abuso de poder”, un concepto que evoca estructuras jerárquicas rígidas y formas de corrupción toscas. Pero en la organización contemporánea, la patología no es siempre el exceso, sino la omisión. La verdadera corrupción moderna se define mejor bajo el prisma de Nicolás Maquiavelo: el abandono del deber posicional.

Contrario a la caricatura popular de cinismo, Maquiavelo fue el primer teórico de la “ética del cargo” (Amtsethik). Para el pensador florentino, la moralidad del individuo se juzga en función de su responsabilidad hacia la colectividad que representa. En el mundo corporativo, esto significa que la integridad no se agota en ser una “buena persona” en la esfera privada, sino en la capacidad técnica y moral de cumplir con la función específica que justifica nuestra posición.

Bajo esta lógica, el directivo que no vigila diligentemente sus procesos o que permite zonas grises para evitar conflictos internos no está necesariamente “abusando” de su poder; está abandonando su deber posicional. Esta distinción es crucial para los oficiales de cumplimiento: el riesgo no es solo el tirano que transgrede la norma, sino el profesional que prioriza intereses extraposicionales (comodidad, estatus o beneficios personales) por encima de la misión delegada.

Del formalismo a la cultura: ISO 37301 e ISO 37302

La evolución normativa respalda esta visión. La transición de la ISO 19.600 a la ISO 37301:2021 marcó un hito al convertir el cumplimiento en un sistema de gestión que exige una “cultura de integridad”. Ya no basta con tener un manual en un cajón; la ética debe ser el motor del liderazgo.

Estamos entrando en la era de la medición conductual. Con la ISO 37302, el desafío para los profesionales del área consiste en evaluar la efectividad del cumplimiento mediante indicadores objetivos. La ética deja de ser un deseo abstracto para convertirse en un activo auditable. La pregunta ya no es “¿tenemos un código de ética?”, sino “¿nuestra cultura previene el abandono del deber posicional en momentos de presión?”.

La “virtù” empresarial frente a la picardía

En nuestra región, el compliance enfrenta un enemigo cultural persistente: la picardía. Esa tendencia a utilizar técnicas de neutralización para justificar pequeños incumplimientos que facilitan la pendiente resbaladiza. Frente a esto, la respuesta es la virtù maquiaveliana: la fortaleza de la organización para mantenerse fiel a sus principios incluso en entornos hostiles.

El Compliance Officer moderno actúa como el arquitecto de esta estructura y de las decisiones, asegurando que cada agente comprenda que su autoridad solo se legitima a través del cumplimiento de su cargo. La integridad no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de resolverlos sin traicionar la representación que ostentamos.

El compliance moderno es la ética organizacional en su estado más depurado. Al centrarse en el deber posicional, recuperamos la esencia de la responsabilidad profesional. Las empresas que prosperarán en este siglo no serán aquellas que simplemente “no rompan la ley”, sino aquellas que logren que cada uno de sus miembros, desde el CEO hasta el analista, comprenda que su mayor falta ética es el abandono de la responsabilidad que su cargo le impone ante la sociedad y sus accionistas.

Para más noticias de After Office en Ex-Ante, clic aquí.

Leer a continuación