Los países que prosperarán no serán aquellos que esperan a que los riesgos desaparezcan, sino los que trabajan en la construcción de mayores capacidades de adaptación que sus competidores. Es decir, aquellos países que, en lugar de seguir culpando a la incertidumbre, son capaces de hacernos una pregunta incómoda: cuán preparados estamos para enfrentar el riesgo.
Existe un consenso cada vez mayor en que los riesgos ya no pueden analizarse de manera aislada, porque están interconectados, se potencian entre sí y producen efectos sistémicos. La incertidumbre y el riesgo se han transformado en una constante en la toma de decisiones tanto en el sector público como en el privado.
Desde las familias que deben tomar decisiones del día a día de acuerdo con la situación tanto personal como del país; hasta las compañías, que deben tener en consideración más que nunca estos factores a la hora de tomar decisiones de inversión. Sin embargo, nuestro país no contaba con un Índice de Riesgos que tuviera una mirada multidimensional. Por tal motivo, en Deloitte, junto a Cadem, el MBA PUC y el Diario Financiero, diseñamos un instrumento cuya referencia es el Global Risk Index, elaborado por el World Economic Forum, y que mide los riesgos en cinco dimensiones: economía, geopolítica, sociedad, tecnología y medioambiente.
Desde marzo de este año, dos paneles, uno ciudadano y otro de negocios, nos han estado entregando valiosa información mensual sobre expectativas y percepciones en temas tan relevantes como el empleo, la disrupción tecnológica, los fraudes cibernéticos, la conflictividad social, crimen organizado y eventos climáticos extremos, entre otros.
En efecto, con tres mediciones el Índice de Riesgos está constatando una paradoja interesante de analizar: mientras la percepción de riesgos aumenta (como probabilidad de ocurrencia e importancia), la incertidumbre no lo hace en la misma magnitud. Es decir, los paneles dicen no estar frente a un escenario más impredecible, pero sí identifican amenazas cada vez más relevantes, y al mismo tiempo parecen tener mayor claridad respecto de cuáles son los desafíos que enfrenta el país.
Durante años la explicación para justificar el bajo crecimiento, las dificultades para atraer inversión o la capacidad para ejecutar transformaciones de largo plazo ha sido la incertidumbre. La pregunta es: ¿Estamos analizando el problema correcto?
“Chile: menos incertidumbre, pero no menos riesgo”
Como se señaló anteriormente, la ciudadanía y los líderes empresariales están convergiendo hacia una percepción interesante: el país parece más predecible, pero los riesgos siguen aumentando. Según muestra el Índice, mientras la incertidumbre entre la ciudadanía alcanza 47% y en los ejecutivos está en niveles medios, el índice de riesgo país sube en ambos grupos, señalando de alguna manera que la estabilidad política no resuelve del todo los desafíos económicos, tecnológicos y sociales del país, como ocurre, por ejemplo, en materia de empleo y seguridad pública.
“La confianza económica se recupera antes que la confianza institucional”
En nuestras mediciones, las preocupaciones cotidianas cobran protagonismo y el principal temor de los chilenos vuelve a estar en el bolsillo, con el costo de la vida liderando los riesgos económicos en la opinión pública (66% de ocurrencia). Sin embargo, hacia delante las expectativas económicas mejoran más rápido que la percepción sobre política y gobernabilidad, en especial a nivel de las expectativas empresariales para los próximos seis meses.
“El riesgo invisible que avanza silenciosamente en Chile”
La tecnología emerge como uno de los riesgos que más crece tanto para ciudadanos (55%) como para los ejecutivos y empresarios (39%). Este aumento significativo del riesgo tecnológico se explica por un mayor temor a las estafas y fraudes digitales, los ciberataques y el esperado reemplazo de empleos por la Inteligencia Artificial (IA).
“Liderar en la era del riesgo permanente”
El riesgo dejó de ser una excepción, se convirtió en la condición normal de los países. Los riesgos económicos, geopolíticos, tecnológicos y sociales no se dan en silos, sino que se acumulan simultáneamente. Y si bien la ciudadanía y las empresas perciben amenazas distintas, ambos grupos coinciden en que el entorno es más complejo.
En este escenario, la ventaja competitiva de los países estará dada por su capacidad de anticipar y gestionar riesgos, con un nuevo tipo de liderazgo que impulse a las personas, empresas y gobiernos a prepararse para escenarios inciertos.
Los países que prosperarán no serán aquellos que esperan a que los riesgos desaparezcan, sino los que trabajan en la construcción de mayores capacidades de adaptación que sus competidores. Es decir, aquellos países que, en lugar de seguir culpando a la incertidumbre, son capaces de hacernos una pregunta incómoda: cuán preparados estamos para enfrentar el riesgo.
Bienvenidos a la era del “readiness”.
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— Ex-Ante (@exantecl) June 22, 2026
