Inteligencia Artificial: Chile aún está a tiempo. Por Tomás Sánchez

Chile puede ser más que un buen lugar para mirar las estrellas: puede ser el mejor para procesar los datos que las explican. Pero para eso hay que dejar de mirar la oportunidad con ambivalencia y empezar a construirla con decisión.


Hace unos días, The New York Times publicó un reportaje sobre la paradoja que enfrenta Chile: mientras el mundo entero compite por atraer inversiones en inteligencia artificial y construir data centers, nosotros seguimos discutiendo si permitirlos o no. El Ministerio de Ciencias aparece atrapado entre la promesa de una nueva industria y la presión de grupos ambientalistas que denuncian el consumo de agua y energía. Un debate legítimo, pero desconectado de la escala del fenómeno global y de las necesidades del país.

Porque la magnitud es brutal. Durante el 2023 el consumo electrico de Data Centers en Estados Unidos fue de un 4,4% del total, y se estima que solo el entrenamiento del GPT-4 utilizó 50 GWh, equivalente al consumo de San Francisco durante tres días. Microsoft y OpenAI ya anticipan que la demanda energética global de IA podría multiplicarse por 10 en los próximos cinco años, impulsando una carrera por construir centros de datos en regiones con energía limpia, abundante y barata. Esto en gran parte explica el renovado entusiasmo por la energía nuclear.

Ahí es donde Chile —todavía— tiene una oportunidad. El sur del país combina vientos patagónicos con factores de carga superiores al 50%, una de las tasas eólicas más altas del mundo, y un clima naturalmente frío, ideal para reducir el consumo eléctrico en refrigeración. En los países nórdicos, estas ventajas ya se convirtieron en política industrial: Finlandia y Noruega ofrecen incentivos tributarios para centros de datos “verdes”, y Canadá planea duplicar su capacidad instalada para 2030.

Mientras tanto, nosotros seguimos atascados en la permisología. No es una caricatura: la Consejo Nacional de Productividad estimó que el año 2023 el país tenía detenido 65.000 millónes de dólares en inversión. El mismo país que desaliniza agua para la minería —una industria infinitamente más intensiva— se enreda en discusiones sobre si las desalinizadoras afectan a los moluscos. ¿Queremos más agua? Desalinicemos. ¿Queremos poner trabas también a eso? Entonces mejor cerremos por fuera. Porque pretender que ningún espino o araña se vea afectado es, derechamente, un desprecio a las necesidades de miles de familias que podrían vivir mejor gracias al progreso.

El alza de la demanda energética ya está reconfigurando sectores enteros. Los fabricantes de turbinas a gas, que venían en declive por la expansión renovable, tocaron fondo en 2021; desde entonces las órdenes de compra se han duplicado. Y si las grandes economías están encendiendo turbinas, Chile tiene algo mejor: viento, sol y frío. La combinación perfecta para sostener la nueva infraestructura digital del planeta.

Ahora toca tomar decisiones y tomar una estrategia que se apalanque en lo que ya tenemos: geografía, recursos, conectividad y talento. No veo a los ciudadanos de Australia, Nueva Zelanda, Canda, Noruega, Suecia o Finlandia avergonzarse de su dependencia de los recursos naturales; los usan como plataforma para industrias tecnológicas y sostenibles. Nosotros podríamos hacer lo mismo con la IA.

El modelo de la astronomía es un buen ejemplo. Gracias a nuestro cielo privilegiado, Chile se transformó en un laboratorio relevante a nivel mundial y los científicos nacionales tienen tiempo de observación garantizado en telescopios financiados por extranjeros. ¿Por qué no pensar igual con la inteligencia artificial? Si anclamos centros de datos en nuestro territorio, podríamos negociar acceso preferente a modelos avanzados, permitiendo que investigadores y emprendedores chilenos trabajen codo a codo con las tecnologías más potentes del mundo.

Chile puede ser más que un buen lugar para mirar las estrellas: puede ser el mejor para procesar los datos que las explican. Pero para eso hay que dejar de mirar la oportunidad con ambivalencia y empezar a construirla con decisión.

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