¿Por qué en el debate no hubo nuevas propuestas contra el crimen organizado? Por Jorge Schaulsohn

Ex-Ante

El debate presidencial del miércoles dejó claro que, si no se asume con seriedad la tensión entre seguridad y libertades, el país podría deslizarse por una pendiente peligrosa: o una represión que erosione la democracia, o una inacción que deje al crimen organizado consolidar su poder.


La imagen es todo. Todo debate televisivo tiene un componente de “reality show”. Puede que importen más las formas que el fondo, el “envoltorio” que el producto. Los gestos, el lenguaje corporal, las reacciones, los estados de ánimo son fundamentales.

  • Los tiempos se distribuyen en pocos minutos, totalmente insuficientes para debatir problemas complejos. Eso incentiva a los participantes a recurrir a la cuña incendiaria, al ataque personal para descolocar al adversario y, sobre todo, a la demagogia. Siempre pensando en la encuesta y en los opinólogos que decidirán quién ganó o perdió.
  • Por eso, los candidatos se esmeran en proyectar simpatía, cercanía, seguridad, y revelar los rasgos más atractivos de su personalidad. Es la imagen lo decisivo, por sobre las ideas, el conocimiento y dominio de los temas.
  • Como quedó demostrado en el primer debate televisado de la historia, entre Nixon y Kennedy, donde para los que lo escucharon por radio el ganador fue Nixon, mientras que para quienes lo vieron por televisión fue Kennedy.
  • En el debate del pasado miércoles, desde el punto de vista del desempeño escénico, hubo “ganadores” y “perdedores”; pese a que casi ninguno de los participantes presentó ideas programáticas reales más allá de las cuñas.

Disociación cognitiva. No ofrecieron un plan radicalmente distinto de lo que se ha hecho hasta hoy para enfrentar la principal preocupación de los chilenos: la delincuencia y la inmigración ilegal. De ello se desprende una aparente “disociación cognitiva” entre la radicalidad de las críticas que se formulan al actual gobierno y lo que se propone para resolver los problemas.

  • No se vio a Kast, por ejemplo, plantear abiertamente la necesidad de sacrificar derechos fundamentales, modificar las reglas del debido proceso o establecer estados de sitio para derrotar al crimen organizado; su concepto de “gobierno de emergencia” quedó sin contenido.
  • A diferencia de Johannes Kaiser, que fue más claro y transparente, el líder de la “nueva derecha” prefirió anunciar que no propondría nada que divida a los chilenos, algo difícil si busca un cambio radical en la forma de enfrentar estos males. Así, optó por calmar los miedos que despierta su candidatura antes que explicar con franqueza cuáles son sus planes.
  • Habló de tipificar como delito el ingreso ilegal al país, pero no explicó qué pena propondría: ¿cadena perpetua hasta la expulsión? Estamos hablando de 300.000 personas o más, muchas inubicables y otras que su país de origen no acepta de regreso. Tampoco existen recintos adecuados para encerrarlos, y una prisión indefinida sería indefendible a la luz del derecho.
  • Matthei, bien evaluada por su desempeño, logró reposicionarse, pero tampoco articuló una propuesta integral. Habló de un plan de 12 puntos sin explicar ninguno. Mientras que Jannette Jara y Harold Mayne-Nicholls pidieron un voto de confianza en ellos mismos, asegurando que cumplirían su palabra, pero sin especificar mecanismos concretos.

¿Dónde está el plan? El crimen organizado, que ya no es un fenómeno marginal sino una estructura compleja que penetra barrios, negocios y fronteras, fue abordado con clichés y promesas vagas. Se escucharon llamados genéricos a “reforzar Carabineros”, “endurecer las penas” o “aumentar el presupuesto”, sin discutir las implicancias democráticas de ciertas medidas ni plantear cómo lograr resultados sostenibles.

  • Aquí surge una reflexión que estuvo ausente en el debate, pero que muchos se lo plantean: ¿es posible combatir eficazmente al crimen organizado sin sacrificar derechos y libertades, aunque sea de forma transitoria? La tentación autoritaria está siempre presente, pero también es cierto que las organizaciones criminales aprovechan vacíos legales y procedimientos excesivamente lentos y garantistas para afianzarse.
  • En situaciones excepcionales —por ejemplo, cuando las mafias logran penetrar a las instituciones o controlar territorios— puede ser necesario introducir ajustes temporales en los procedimientos penales: ampliar plazos de investigación, permitir técnicas especiales de seguimiento o endurecer las condiciones de detención preventiva.
  • Estas medidas, aplicadas bajo control judicial estricto y con límites claros, no equivalen a desmantelar el Estado de Derecho, sino a reconocer que la criminalidad organizada opera con recursos y estrategias que superan las herramientas ordinarias.
  • El desafío es garantizar que tales ajustes sean excepcionales, transparentes y sujetos a revisión, para que la defensa de la seguridad no se convierta en una excusa para vulnerar permanentemente las libertades fundamentales.

Hablar mucho y decir poco. La inmigración ilegal, otro tema sensible, fue tratada con la misma superficialidad. Hubo llamados a “resguardar las fronteras”, instalar zanjas o usar tecnologías, pero sin responder cómo eso cambiaría el estado actual de las cosas ni cómo conciliar un control migratorio firme con el respeto a los derechos humanos y a nuestras obligaciones internacionales.

  • Se habló mucho, pero se dijo poco. Para una ciudadanía que observa cómo la violencia crece y las instituciones parecen ir a la zaga, el debate resultó frustrante. Anoche se confirmó el temor de que, gane quien gane, todo podría seguir igual. Sin audacia ni propuestas novedosas, se corre el riesgo de entregar un problema cada vez más enquistado a la próxima generación.
  • Tal vez por eso, revisando la prensa, no hay titular alguno que recoja una propuesta que haya captado el verdadero interés de la ciudadanía ni de los medios de comunicación. El debate dejó claro que, si no se asume con seriedad la tensión entre seguridad y libertades, el país podría deslizarse por una pendiente peligrosa: o una represión que erosione la democracia, o una inacción que deje al crimen organizado consolidar su poder.

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