Diciembre 31, 2023

Ya se habla de sucesión presidencial. Eso lo dice todo. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante
Imagen: Agencia Uno.

Ya instalados en 2024, los electores podrán decir algo que tendrá efectos sicológicos y políticos: “el próximo año elegiremos presidente de la República”. Esa sola perspectiva influirá decisivamente en el modo en que se desarrollen los pleitos que vienen.  Que el gobierno cambie o no cambie a sus ministros no tendrá mayor relevancia. La democracia incluye el riesgo de elegir mal, o de creer que lo que brilla siempre es oro. La historia abunda en casos de equivocaciones colectivas. Vienen tiempos en que los ciudadanos debemos tratar de que no nos pasen gato por liebre.


Boric aun no cumple dos años en La Moneda, pero tenemos la fuerte sensación de que ha pasado mucho más tiempo. Ni las proyecciones más pesimistas hechas en 2021 sobre lo que podía significar su llegada a la Presidencia previeron una experiencia tan lastimosa como la que ha protagonizado. Casi por milagro, el país no ha sufrido calamidades mayores.

No se trata solo de sus limitadas condiciones personales para ejercer el cargo más importante de la República, sino de la visión rudimentaria con que él y su gente llegaron al gobierno. La derrota programática ha sido abrumadora.

Autodefinido como anticapitalista y heredero de la Unidad Popular, intérprete de la revuelta de octubre de 2019, Boric profundizó el viraje a la izquierda que Bachelet II había dejado a medio camino en 2018. Ahora, el gran cambio iba a venir a través de la Convención Constitucional: sería la refundación de Chile, o de lo que quedara de Chile.

La Constitución plurinacional, que encantó a Evo Morales, era el primer paso hacia la instalación de una estructura de poder hecha para que la izquierda dominara por tiempo indefinido. Era el sueño de Boric. Y fue lo que aceptaron mansamente los exconcertacionistas para ganar la confianza y los nombramientos de Boric.

La aventura constituyente sirvió para conocer mejor a quienes llegaron al gobierno con ínfulas de redentores. Ahora conocemos su peso intelectual, político y ético, así como las toscas creencias que los han movido. Tenemos claro, finalmente, cuál era “el otro modelo”. En realidad, no tenía nada de nuevo: era el reciclaje de las viejas supersticiones estatistas que han llevado a la izquierda latinoamericana a experimentar derrota tras derrota. El país pagó las consecuencias.

Boric sobrevivió a las derrotas electorales del 4 de septiembre de 2022 y del 7 de mayo de 2023 únicamente porque lo protegió la inercia del orden constitucional que se empeñó en desmantelar. ¡Lo salvó la Constitución de los 4 generales! El hecho de que haya construido una especie de escudo con antiguos exconcertacionistas -Marcel, Tohá, Elizalde, Monsalve, Montes, Van Klaveren, Fernández, etc.-, revela instinto de supervivencia, sin duda, pero con eso no le alcanza para gobernar de manera fructífera.

¿Seguirán unidos el Socialismo Democrático con el PC y el Frente Amplio? Por supuesto que sí. ¿Qué otra cosa podría esperarse?

Con el nuevo año, el país entrará en una vertiginosa competencia electoral que, forzosamente, estará marcada por la sucesión presidencial. Eso significa que la elección de octubre próximo, en la que se elegirán alcaldes, concejales, gobernadores regionales y cores, será, probablemente, el primer round de la batalla mayor. Es previsible que los presidenciables recorran el país dando su apoyo a los candidatos de octubre. Veremos a Evelyn Matthei y a José Antonio Kast en todas las regiones.

¿Veremos también a Bachelet? Parece ser la gran esperanza de la izquierda gobernante, y del propio Boric, para salvar los muebles en octubre. Sin embargo, no es claro que la exmandataria se disponga a pagar el alto costo personal que implicaría una nueva postulación, y tampoco es evidente el beneficio que representaría para el gobierno. Si las fuerzas opositoras consiguen sumar sus votos para alcaldes y gobernadores, aunque compitan separadamente en concejales y cores, el balance puede ser muy duro para La Moneda. Un dato a tener en cuenta: el partido Republicano no cuenta con alcaldes actualmente, y lo más probable es que consiga una cosecha significativa.

Ya instalados en 2024, los electores podrán decir algo que tendrá efectos sicológicos y políticos: “el próximo año elegiremos presidente de la República”. Esa sola perspectiva influirá decisivamente en el modo en que se desarrollen los pleitos que vienen.  Que el gobierno cambie o no cambie a sus ministros no tendrá mayor relevancia. La discusión sobre sus proyectos de ley estará condicionada por el hecho de que las fuerzas opositoras empezarán a difundir sus propias propuestas en todas las materias. La mayoría del país mirará hacia los aspirantes a la Presidencia, sus equipos y sus planes.

Es visible que el partido Republicano y Chile Vamos tienen una nítida posibilidad de encabezar el próximo gobierno. ¿Serán capaces de superar sus querellas y recelos, y mostrar una perspectiva que despierte confianza y esperanza en la mayoría de los chilenos? ¿Estarán dispuestos a establecer un marco de cooperación con sectores de centro? ¿Estarán a la altura de las exigencias? Nada está escrito. Rojo Edwards parece ilusionado con la posibilidad de convertirse en el Milei chileno, y quizás consiga aglutinar a ciertos grupos hoy dispersos. Es posible que aparezcan nuevos outsiders, interesados en dejarse ver.

La democracia incluye el riesgo de elegir mal, o de creer que lo que brilla siempre es oro. La historia abunda en casos de equivocaciones colectivas. Vienen tiempos en que los ciudadanos debemos tratar de que no nos pasen gato por liebre. Necesitamos saber qué representa cada candidato, qué ideas tiene sobre la sociedad compleja que somos, qué valores sostiene, qué aptitudes y qué cultura tiene para aspirar tan alto. Y, sobre todo, cuán firme es su compromiso con la democracia.

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