Por qué el “gobierno de emergencia” es incompatible con la agenda valórica de Kaiser. Por Jorge Schaulsohn

Al desactivar los temas valóricos más divisivos, Kast reduce los incentivos para un bloqueo político total y genera condiciones para acuerdos mínimos en materias como seguridad, reforma del Estado o crecimiento. Cuándo la agenda se desplaza hacia lo identitario, los puentes se rompen y el sistema político se repliega en trincheras irreductibles.


Definición estratégica. La semana política que termina estuvo dominada por las exigencias doctrinarias del Partido Nacional Libertario, a cuya aceptación condiciona su incorporación al gobierno. Algo que para muchos puede parecer una excentricidad y que sin embargo era una práctica común en la república anterior a 1973.

  • En efecto, dependiendo de las mayorías parlamentarias y afinidades ideológicas, después de una elección el presidente electo invitaba a partidos más o menos afines, a formar parte de su gobierno, sobre la base de un programa compartido.
  • Así fue como Jorge Alessandri Rodríguez, terminó invitando al Partido Radical a formar parte de su gobierno, colectividad que había competido con el Senador Luis Bossay con una plataforma de centro izquierda obteniendo el 15% de los votos. Algo que, posteriormente, Frei Montalva también intentó, pero sin éxito.
  • Y, esto es exactamente lo que, por primera vez desde 1990, está ocurriendo entre Kaiser y Kast.  El regreso de una práctica sana para el entendimiento y colaboración entre partidos distintos sobre una base programática y no simples cálculos electorales.
  • Sin embargo, en este caso las demandas de Kayser, que desde luego serán aceptadas, solo tienen un carácter simbólico pues dicen relación con temas valóricos que, por definición no forman parte de la agenda de un “gobierno de emergencia”.
  • La noción de un “gobierno de emergencia”, instalada por José Antonio Kast como eje de su propuesta política, no es solo un recurso comunicacional eficaz en tiempos de incertidumbre.
  • Es, sobre todo, una definición estratégica que ordena prioridades acota márgenes de acción y, de manera inevitable, deja fuera del centro de la agenda una serie de temas que, aun siendo relevantes para sectores de su coalición, difícilmente pueden ser presentados como urgencias nacionales.

Pragmatismo. Un gobierno que se autodefine como “de emergencia” asume, implícita o explícitamente, que el país atraviesa una situación excepcional que exige concentrar energía política, capital institucional y capacidad ejecutiva en un conjunto reducido de problemas considerados críticos, tales como seguridad pública, control de la violencia, migración irregular, crecimiento económico, empleo y estabilidad fiscal.

  • Funciona como un filtro que distingue entre lo urgente y lo importante, y que posterga todo aquello que no puede justificarse bajo la lógica de la inmediatez.
  • Es en ese marco donde la agenda valórica, banderas históricas de sectores conservadores que conviven en el mundo de Kast, pierde centralidad.
  • Debates como la derogación del aborto en tres causales, la reversión del matrimonio igualitario, la objeción de conciencia ampliada o la ofensiva cultural contra lo que denominan “ideología de género” podrán ser muy significativos para partidos como el de Johannes Kaiser -y para un electorado ideológicamente movilizado-, pero difícilmente califican como “emergencias” a los ojos de una ciudadanía agobiada por la delincuencia, el costo de la vida o la precariedad laboral.
  • Aquí se produce una tensión estructural dentro del propio bloque de derecha dura. Mientras el discurso del “gobierno de emergencia” exige pragmatismo, priorización y cierto realismo político, las demandas de Kaiser responden a una lógica identitaria, testimonial y de confrontación cultural.
  • No buscan necesariamente gobernabilidad, sino marcar posición, tensionar el debate público y mantener cohesionada a una base militante que entiende la política como una disputa moral antes que como un ejercicio de administración del poder.

Desconexión. Kast parece haber optado por subordinar la agenda valórica a la promesa de orden y eficacia. No porque haya renunciado a sus convicciones, sino porque entiende que un eventual gobierno suyo estaría condicionado por un Congreso fragmentado, por la necesidad de resultados rápidos y por una ciudadanía poco dispuesta a tolerar batallas ideológicas que no mejoren su vida cotidiana.

  • Las exigencias maximalistas de Kaiser quedan, por definición, fuera del ámbito de las prioridades gubernamentales, pues es  una condición necesaria para abrir espacios de entendimiento con sectores moderados de la oposición.
  • Al desactivar los temas valóricos más divisivos, Kast reduce los incentivos para un bloqueo político total y genera condiciones para acuerdos mínimos en materias como seguridad, reforma del Estado o crecimiento. No es casual que, cada vez que la agenda pública se desplaza hacia lo identitario, los puentes se rompan y el sistema político se repliegue en trincheras irreductibles.
  • El “gobierno de emergencia” opera como un lenguaje común, incluso con adversarios ideológicos. Nadie en la oposición puede negar que la crisis de seguridad es real, que la economía necesita reactivarse o que el Estado muestra signos evidentes de ineficiencia.
  • En cambio, pocos estarían dispuestos a acompañar una cruzada conservadora en materias de derechos civiles o culturales. La priorización, entonces, no solo ordena la acción del Ejecutivo, sino que redefine el campo de lo políticamente negociable.
  • Para Kaiser y su entorno, esta lógica resulta incómoda. Su capital político se alimenta precisamente de aquello que el concepto de emergencia desplaza; la confrontación simbólica, el discurso anti-élite cultural y la promesa de una “restauración” moral.
  • Pero en un gobierno que se juega su legitimidad en la capacidad de producir resultados rápidos y medibles, ese tipo de agenda se transforma en un lujo, cuando no en un estorbo.
  • Cuanto más exitoso sea Kast en instalar la idea de un país en emergencia, menos espacio habrá para las demandas identitarias de sus aliados más duros. Y cuanto más insista Kaiser en imponerlas, más quedará en evidencia su desconexión con las prioridades que el propio electorado de derecha parece haber internalizado.

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