Le quedan 50 días a Evelyn Matthei para pillar a Kast. No a la Evelyn que toca piano o la Matthei que nos reta todo el día, sino a la Evelyn Matthei piñerista que construye con y no contra el otro. Si los chilenos deciden otra cosa, al menos tendremos claro qué fue lo que eligieron.
Quedan 50 días para la elección presidencial y las encuestas indican que José Antonio Kast pierde algo de terreno y Evelyn Matthei remonta de a poco. La gran pregunta es si acaso la (levísima) curva ascendente de la candidata de Chile Vamos alcanza a encontrarse con la (leve) curva descendente del Republicano de aquí al 16 de noviembre. Dada la extrema dificultad que ha encontrado Jeannette Jara para crecer más allá del oficialismo, quien gane la carrera de la derecha será el próximo presidente -o presidenta- de Chile.
Matthei lo estaba haciendo todo bien cuando era alcaldesa. Después de años en el mundo parlamentario, demostró capacidad de gestión. Es cierto que Providencia no es la comuna más complicada del planeta, pero cada uno administra lo que le toca, y Matthei lo hizo bien. Una cosa es hablar sobre delincuencia y otra es demostrar credenciales ejecutivas para hacerse cargo del problema.
También demostró altura para trabajar con moros y cristianos. Su mejor momento fue cuando, en una conferencia de prensa en Plaza Italia celebrando la recuperación de espacios públicos, le dijo al entonces subsecretario Nicolás Cataldo que, después de criticarlo por Twitter, se había encontrado con “una persona encantadora”.
Por si fuera poco, parecía que lo disfrutaba a concho. Un día que Providencia se quedó sin semáforos se puso a dirigir el tránsito enfundada en un chaleco reflector. Después se pegó una carrera insólita para dejar atrás el joteo periodístico y se convirtió en un meme. Salvo por esa atlética pataleta, andaba contenta por la vida. La alcaldía era un premio a la trayectoria por servicios prestados, y de pronto le significó un pasaje de retorno a la primera línea de la política.
Desde que asumió la candidatura, en cambio, perdió el rumbo. En una estrategia insólita, fue a competirle a Kast y Káiser en su territorio: justificó las muertes del golpe, abogó por el retorno de la pena capital y enganchó con el gobierno por el eventual cierre de Punta Peuco. Se puso a competir por quién pone el alambre de púas más grosero en la frontera. Imposible ganarles a machos germanos en esa reyerta.
Recién ahora parece haber encontrado el tono. A contrapelo de los tiempos populistas que corren, la Evelyn del debate no jugó a la adversarialidad que caracterizó a los dos fracasados procesos constituyentes. Se situó por arriba de la confrontación y prometió un futuro de colaboración. No exageró la crisis ni dijo que Chile se cae a pedazos -la carta que suelen jugar las oposiciones- sino todo lo contrario: vio el vaso medio lleno, irradió un optimismo rayando en la frivolidad, e invitó a los chilenos a un fabuloso porvenir. Le faltó cantar seamos amigos seamos hermanos.
En los días posteriores, insistió en el punto: optar por Jara o por Kast es cometer el mismo error que venimos cometiendo desde el estallido social, en una lógica pendular de suma cero donde finalmente pierden los chilenos. Matthei se posiciona así como una candidata que no representa estrictamente a la derecha, sino a algo más amplio que no tiene nombre pero que incluye a ex concertacionistas, moderados, liberales, e incluso izquierdistas que entienden que Matthei es la única que puede evitar un inminente gobierno de Kast.
Aun no sabemos si esta es una estrategia ganadora, pero al menos la candidata encontró – ¡al fin! – un registro que le acomoda. En la medida que Kast renuncie a ser el presidente de todos los chilenos, Matthei tiene la última chance de ejecutar un libreto diferenciador que apele a la unidad nacional por sobre el odio a la “izquierda radical” y el “progresismo woke”. Si pierde, habrá sido con sus propias armas, las armas que -sin ir más lejos- usó el propio Sebastián Piñera en 2009.
Piñera pudo redoblar la narrativa del “Desalojo”, pero en cambio apostó por convertir el arco iris del plebiscito de 1988 en una estrella capaz de convocar a muchos que -hasta entonces- jamás habían votado por la derecha. En lugar de basurear a sus adversarios, les reconoció algunos méritos y los invitó a sumarse. La política del win-win. Es lógico que su heredera política siga por esa línea.
Se le abre, además, una pequeña ventana. Como ya todos los candidatos han hecho gárgaras con la mano dura que tendrán contra los delincuentes, nadie se puede sacar mucha ventaja. Pero si el tema central es el progreso económico, Matthei tiene cancha -y equipos- para jugar.
Para pillar a Kast, Matthei tiene un aliado improbable y una amenaza paradójica. Su aliado es Johannes Kaiser, cuya consistencia “nacional-libertaria” le muerde puntos a Kast por la derecha. Si antes Káiser era funcional a Kast porque lo hacía parecer moderado, el escenario actual pone nerviosos a los Republicanos. Su amenaza paradójica es el crecimiento de Harold Mayne-Nicholls. El bueno de Harold le ha servido a Matthei para validar un discurso de colaboración y buena vibra en medio de un torneo de escupitajos, pero esa misma característica lo convierte en competencia.
Le quedan 50 días a Evelyn Matthei para pillar a Kast. No a la Evelyn que toca piano o la Matthei que nos reta todo el día, sino a la Evelyn Matthei piñerista que construye con y no contra el otro. Si los chilenos deciden otra cosa, al menos tendremos claro qué fue lo que eligieron.
