A veces se presenta la protección de la naturaleza y el desarrollo económico como caminos separados, cuando en realidad están profundamente conectados. No hay desarrollo sostenible sin ecosistemas sanos, ni conservación posible sin considerar la realidad de los territorios. La ranita de Darwin es un buen ejemplo de ello.
Hay especies que pasan desapercibidas. Otras, en cambio, nos obligan a mirar lo esencial. La ranita de Darwin -pequeña, única y hoy amenazada- es una de ellas.
La aprobación del Plan RECOGE para su protección, informada esta semana, es una buena noticia. No solo por la especie, sino porque demuestra que, cuando hay colaboración y continuidad, es posible avanzar en desafíos complejos. En ese camino, distintas organizaciones han contribuido desde sus propios ámbitos, lo que refuerza una convicción: estos procesos requieren una articulación efectiva entre el mundo público, privado y científico.
La ranita de Darwin depende de los bosques nativos del sur de Chile. Y eso nos recuerda algo esencial: cuando hablamos de biodiversidad, estamos (inevitablemente) hablando de bosques.
En la conversación que se ha generado en torno a este tipo de planes aparece una tensión que vale la pena mirar con más detención. A veces se presenta la protección de la naturaleza y el desarrollo económico como caminos separados, cuando en realidad están profundamente conectados. No hay desarrollo sostenible sin ecosistemas sanos, ni conservación posible sin considerar la realidad de los territorios. La ranita de Darwin es un buen ejemplo de ello.
Y qué mejor que recordar esto ahora, ya que cada 21 de marzo se conmemora el Día Internacional de los Bosques. Más que una efeméride, es una invitación a mirar su rol con mayor profundidad y, sobre todo, a entender el desafío que tenemos por delante.
Chile cuenta con cerca de 18,8 millones de hectáreas de bosque, en su mayoría nativo. Es una riqueza significativa, pero no automática ni permanente: requiere conservación, manejo responsable y una mirada de largo plazo. En ese contexto, las plantaciones forestales cumplen un rol complementario. Bien gestionadas permiten abastecer de materia prima renovable, reducir la presión sobre el bosque y contribuir a la mitigación del cambio climático, al mismo tiempo que sostienen una actividad productiva clave para el desarrollo de los territorios, sobre todo en la zona centro-sur de Chile.
Los bosques no son solo paisaje: son sistemas vivos que sostienen biodiversidad, capturan carbono y dan soporte a comunidades y territorios completos. Su cuidado no pasa únicamente por protegerlos, sino también por gestionarlos de manera sostenible, integrando conservación y desarrollo.
En ese equilibrio está el principal desafío: avanzar hacia una forma de relacionarnos con los bosques que entienda que conservar no es inmovilizar, sino hacerse cargo; que la protección de los ecosistemas y su proyección en el tiempo son parte de una misma conversación.
Porque lo que está en juego no es solo la protección de especies emblemáticas, sino la capacidad de sostener nuestros bosques y todo lo que depende de ellos en el tiempo.
La ranita de Darwin, en ese sentido, es más que una excepción: es un recordatorio de que el futuro de nuestros bosques no se define en una sola decisión, sino en la forma en que los entendemos, los cuidamos y los proyectamos como país.
