Equipo B

Los jugadores del equipo B no pueden convertirse en los del equipo A de la noche a la mañana. Pero si juegan con una estrategia clara, con humildad y los dientes apretados, de chico a grande, Kast puede sacarles trote y eventualmente conseguir el resultado que no logró el equipo A de la derecha: romper el ciclo de alternancia ideológica y quedarse en la cancha para disputar ocho años completos.


En los colegios grandes, cuando muchos compañeros querían jugar fútbol y representar al curso en las competencias, pero no cabían todos en el equipo, se armaba un segundo equipo. Era el equipo B, integrado por entusiastas del balón que, sin embargo, no eran lo suficientemente buenos para estar en el equipo A.

El gobierno de José Antonio Kast se parece mucho al equipo B de la derecha chilena.

En campaña, Evelyn Matthei insistió en que los mejores cuadros técnicos y políticos del sector estaban con ella. No mentía. Pero los chilenos no estaban interesados en experiencia, sino en frontalidad. Kast ganó porque era el mejor anti-Boric, no porque haya ofrecido soluciones robustas a los problemas del país. Lo hizo hablando lo menos posible, negándose a ofrecer detalles de sus propuestas y fiscalizando cuidadosamente su propio tiempo en los debates.

A los chilenos nada de eso les importó. Le creyeron más al capitán del equipo B.

A veces, cuando jugaba con convicción y carácter, el equipo B era capaz de ganarle al equipo A, plagado de figuras a ratos displicentes. Porque no se gana solo con nombres, se gana dejando la vida en la cancha. Ese es el desafío actual de Kast: que nadie eche de menos al equipo A.

Para derrotar al equipo A, el equipo B debía jugar ordenado. El capitán disponía la estrategia y asignaba tareas en la cancha: defensas, mediocampistas y delanteros; marcajes zonales y al hombre; pelotas detenidas y jugadas de laboratorio; táctica ofensiva o todos arropaditos atrás esperando el contragolpe.

A los cinco minutos del partido, Kast entendió que algo no andaba bien. Se ha dicho majaderamente que el gobierno tenía —o aún tiene— un problema de diseño. Es decir, que no ha jugado mal porque los jugadores sean malos, sino porque el dibujo es deficiente.

Esa explicación puede servir para la salida de Mara Sedini, pero no para la de Trinidad Steinert. En el primer caso, se puede argumentar que la Secretaría General de Gobierno no está para hacer las bajadas comunicacionales que decide el segundo piso -como ocurrió en la polémica del “Estado en quiebra”- y que una buena vocería debe tener autonomía para definir el contenido del mensaje, y no solo entregarlo.

Según esta interpretación, el problema no sería Sedini, sino las instrucciones con las que salió a la cancha. A primera vista, eso es lo que se intenta corregir con la incorporación de la Segegob a las labores del ministro del Interior, Claudio Alvarado. Mientras Sedini estaba donde estaba para ejecutar la voluntad de Cristián Valenzuela, Alvarado -y, por extensión, Max Pávez- tendrán independencia y, por ende, más poder.

En el caso de Steinert, el problema no parece ser de diseño. Para un político como Kast, que hizo de la mano dura su principal promesa, no tener un plan contundente, original, convincente y testeado es sencillamente una falta de seriedad, además de una constatación de que en campaña se puede decir cualquier cosa para ganar. Ese plan debió existir antes de Steinert.

El capitán del equipo B proclamó a los cuatro vientos que su principal arma ofensiva sería el juego aéreo, pero después no tiró un solo centro.

Por supuesto, a falta de eficiencia se puede ser efectista. En materia de seguridad, el dato no mata relato: lo que importan son las percepciones. Kast pudo haber contado con un delantero aparatoso, bueno para la puesta en escena. Rodolfo Carter, por ejemplo, se habría enfundado un cortavientos de la PDI para participar hasta en el operativo más ratón que incauta cuatro plantas de marihuana. Pero Kast, apurado por mandar a alguien a la cancha, metió a un jugador que no cabecea.

Así, imposible.

Lo bueno para Kast es que esto recién comienza. No hay diseño infalible ni jugadores imprescindibles. Frei Ruiz-Tagle alineó a las cabezas de los tres partidos de la Concertación en el equipo político y la troika no dio pie con bola, así es que terminó llamando a los amigos del papá.

Piñera y Bachelet les entregaron la camiseta número 10 a sus manos derechas -Hinzpeter y Peñailillo, respectivamente-, pero tampoco funcionó como esperaban. Boric nombró un gabinete capaz de encarnar el ánimo transformador del país, pero al poco tiempo tuvo que replegarse y convocar a experimentados defensores cuyo estilo de juego alguna vez dijo detestar.

Los jugadores del equipo B no pueden convertirse en los del equipo A de la noche a la mañana. Pero si juegan con una estrategia clara, con humildad y los dientes apretados, de chico a grande, Kast puede sacarles trote y eventualmente conseguir el resultado que no logró el equipo A de la derecha: romper el ciclo de alternancia ideológica y quedarse en la cancha para disputar ocho años completos.

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