A medida que Chile envejece, veremos cada vez más personas mayores trabajando. Esa tendencia probablemente continuará y puede ser positiva si ocurre en condiciones adecuadas. Pero si el principal crecimiento se da en ocupaciones sin cotización, estaremos postergando nuevamente un problema.
Chile está cambiando silenciosamente. Vivimos más años, llegamos en mejores condiciones a edades que antes asociábamos al retiro y, al mismo tiempo, nuestras trayectorias laborales se han extendido. Cada vez es más común ver personas que, pasada la edad legal de jubilación, continúan trabajando.
Este fenómeno no es exclusivo de nuestro país. El envejecimiento de la población -producto de mayor esperanza de vida y menor natalidad- está transformando la relación entre trabajadores activos y jubilados, tensionando la forma en que las sociedades financian su seguridad social.
Vivir más es una buena noticia. Trabajar más también podría serlo. El trabajo no solo cumple un rol económico, sino también social: entrega propósito, vínculos y autonomía. Muchas personas mayores desean seguir activas y aportar con su experiencia. Sin embargo, el punto crítico no es si se trabaja a mayor edad, sino en qué condiciones.
El Barómetro Laboral y Previsional de la Asociación de AFP y el CIES de la Universidad del Desarrollo (UDD) muestra que más de la mitad de los nuevos empleos creados en el último año fueron informales. Entre las personas de 50 a 65 años, dos de cada tres nuevos puestos corresponden a trabajos sin cotizaciones. Es decir, hay más personas mayores trabajando, pero muchas lo hacen fuera de la seguridad social.
Quienes superan los 55 años enfrentan mayores dificultades para reinsertarse en empleos formales, por lo que el trabajo por cuenta propia suele transformarse en la alternativa disponible. El problema es que, aunque ese ingreso permite enfrentar el presente, tiene otras consecuencias: baja protección presente, y bajo ahorro para el futuro, aunque sea cercano. En un país en que las personas no ahorran lo suficiente: gran parte ahorra solo la mitad del tiempo. Y las mujeres en una situación mucho peor que los hombres.
Las pensiones no dependen solo de una etapa de la vida, sino de toda la trayectoria laboral. Cada período sin cotizar impacta acumulativamente el monto final. Y cuando la informalidad se concentra en los últimos años de trabajo —justo cuando queda menos tiempo para ahorrar— el efecto es profundo.
A medida que Chile envejece, veremos cada vez más personas mayores trabajando. Esa tendencia probablemente continuará y puede ser positiva si ocurre en condiciones adecuadas. Pero si el principal crecimiento se da en ocupaciones sin cotización, estaremos postergando nuevamente un problema.
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Romper filas. Por Paula Daza.
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