Chile en la policrisis: el problema no es crecer menos, es entender el cambio. Por Gabriela Salvador

Chile no enfrenta solo menor crecimiento, sino un cambio de era que volvió insuficiente el marco con que interpreta su estabilidad, sus tensiones sociales y su capacidad de decisión.


Chile no enfrenta un ciclo económico más débil, sino el fin del marco con que entendía el crecimiento y la estabilidad.

Hay momentos en que los países enfrentan crisis. Y otros —más difíciles de leer— en que cambia el régimen bajo el cual operan. El mundo ya entró en ese segundo escenario.

No es una crisis puntual. Es una policrisis: tensiones que se cruzan, se amplifican y reducen los grados de libertad. No eliminan el error, sino que aumentan su probabilidad y la dificultad de anticipar sus efectos, en un entorno de incertidumbre estructural.

Entre las fuerzas que explican este cambio, hay cuatro especialmente visibles.

La primera es el crecimiento. No su ausencia, sino su transformación. En economías que aún están en etapas tempranas —como partes de China— crecer sigue siendo evidente: saca a millones de la pobreza y mejora condiciones básicas. Cada punto adicional importa.

En economías más maduras, en cambio, ese efecto se diluye. El acceso básico ya está resuelto, el consumo adicional impacta menos y las mejoras son menos visibles. El crecimiento no desaparece, pero deja de ordenar. Ya no compensa tensiones: las expone.

Chile ya está en esa fase. Su crecimiento potencial bordea el 2%, la productividad lleva más de una década estancada y la tasa de fecundidad cayó a niveles cercanos a 1,2 hijos por mujer.

La segunda es la inmigración. En Chile dejó de ser marginal: representa cerca del 9% de la población y aporta en torno al 10% del PIB. Es, en términos económicos, un activo.

Pero la discusión no ocurre solo en ese plano. En paralelo, el país ha enfrentado la aparición de formas de criminalidad que antes eran excepcionales: extorsión y redes organizadas. No hay evidencia de que la migración aumente la delincuencia en términos agregados, pero sí ha coincidido con una delincuencia distinta, más violenta y difícil de contener.

La tercera fuerza es más visible de lo que parece, pero menos comprendida: las Redes Sociales. Alteran los mecanismos de coordinación social: reducen el costo de difusión, fragmentan narrativas y debilitan los puntos de convergencia. En ese entorno, las señales se vuelven más ruidosas y la reacción política, más reactiva que estratégica. La percepción de inestabilidad pasa a incidir en la dinámica del sistema.

La cuarta es la escala. La policrisis introduce un desajuste entre el nivel en que se generan los problemas y aquel en que se toman las decisiones: fenómenos globales, efectos locales y respuestas centralizadas. Esa desalineación reduce efectividad y limita la capacidad de adaptación.

No hay países que hayan resuelto estas tensiones, pero sí algunos que han logrado administrarlas mejor. Canadá transformó la inmigración en una política económica, vinculando flujos a capital humano y demanda laboral. Corea del Sur asumió el menor crecimiento como condición estructural y desplazó el foco hacia productividad e innovación. Estonia fortaleció su capacidad estatal mediante digitalización. Suiza alineó escala y decisión con descentralización efectiva. Todos reducen el impacto y evitan que se desborde.

Chile no está fuera de estas dinámicas. Está completamente dentro. Con bajo crecimiento, tensiones sociales más visibles y una institucionalidad diseñada para un entorno más estable.

El problema, entonces, no es solo crecer menos. Es seguir interpretándolo como una anomalía, cuando en realidad es parte de un cambio más profundo.

Porque en un contexto de policrisis, la diferencia no la marca quién elimina los problemas, sino quién logra administrarlos sin perder el control.

Y en ese proceso, no fallan solo las decisiones.

Falla el marco con que se toman.

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