Molestia causó en Miguel Yaksic, recientemente nombrado asesor de gobierno para la crisis migratoria en el norte, la publicación de un estudio de opinión pública realizado por Criteria sobre percepciones ciudadanas relativas a la migración y los inmigrantes. En redes sociales expresó su (totalmente legítimo) disgusto frente a una de las preguntas del estudio.
“Es dura la pregunta de la encuesta Criteria. Como si estuviese hablando de una cosa, que sirve o que no sirve. Que si no sirve se bota. Me parece deshumanizante. Olvida lo más importante que nos ha enseñado la historia: que las personas no son medios, son fines es sí mismas”, expresó Yaksic vía Twitter la semana pasada.
Al preguntar, “¿usted cree que los inmigrantes son más bien un aporte para el país o Ud. cree que los inmigrantes son más bien un problema para Chile?”, lo que se buscó fue recoger una conversación pública de la forma en que ésta se da en redes y medios. Efectivamente, pudimos elaborar la pregunta de forma distinta, poniendo el foco en el fenómeno y no en las personas, pero la discusión cotidiana es sobre los sujetos concretos.
Al explicitarla en los términos en que se debate cotidianamente, el objetivo es entender una parte de las subjetividades de la población respecto de un tema tan sensible como acuciante a escala global. Por lo demás, es una pregunta bastante estandarizada, ocupada en estudios multinacionales.
Lo que más duro resulta es el resultado. Entre el estallido social de 2019 y febrero de este año hemos pasado de tener una ciudadanía dividida en cuanto a si los inmigrantes son un aporte o un problema, a una sociedad que los signa mayoritariamente como problema. Si en octubre de 2019, un 43% de la población los consideraba un aporte y un 39% los veía como un problema, a la fecha, hay un 60% de la ciudadanía que considera a los inmigrantes como un problema.
Complementariamente, hoy tres cuartas partes de la población (76%) está de acuerdo con restringir la migración y sólo un 12% con fomentarla. Junto a ello han aumentado significativamente los juicios que relacionan a inmigrantes con delincuentes y las reticencias a la convivencia con estos grupos.
Desde el punto de vista político, las respuestas a la encuesta debieran ser nuestro foco prioritario de análisis. Observamos que la rabia contra los inmigrantes, o derechamente la xenofobia, han aumentado significativamente. Esto puede atribuirse a una mala gestión del gobierno anterior, pero eso será materia de historiadores.
El desafío de la izquierda que hoy es gobierno es tremendo. Más cuando, aunque incomode, la regulación y el control migratorio fueron temas poco desarrollados en la campaña que los llevó al poder. Pero resultó que entre la campaña y el cambio de mando el desmadre migratorio en el norte se tomó la agenda, transformándose en una crisis cuya solución es demandada con urgencia por parte de la ciudadanía.
Por lo mismo, más que debatir con el mensajero, el equipo encargado de los temas migratorios deberá poner foco en estas percepciones ciudadanas, sustentadas sobre una diversidad de situaciones y experiencias directas e indirectas de la población que no son puro racismo, cosificación o deshumanización. La vivencia objetiva y subjetiva del caos generado por la presión migratoria se magnifica en un contexto de crisis económica y social como la actual. Un contexto duro y amenazante por sí mismo que, según la evidencia que muestra el estudio de Criteria, agudiza la percepción de la inmigración como una amenaza, de igual modo que el enjuiciamiento crítico a las personas migrantes.
Y no son precisamente las élites de las tres comunas, ni tampoco Ñuñoa, sino los sectores populares quienes más se resienten por la llegada de migrantes que perciben ocupan los pocos empleos disponibles, concentran ayudas públicas, copan cupos en los establecimientos escolares o alargan la fila demorando aún más la atención en el consultorio. Precisamente, ha sido la insuficiente o nula cobertura del Estado en materias de protección social la que los hace sentir vulnerables en todo sentido, poniéndolos en situación de competir por recursos focalizados y escasos. Ampliar la base de esa competencia efectivamente los impacta directamente. Y como hemos visto tan elocuentemente en el norte este último tiempo, la inmigración también transforma el espacio público y privado donde se asienta, aumentando el malestar entre quienes se ven obligados a alterar sus hábitos e incluso transformar sus vidas.
Desde el ahora oficialismo, a las apelaciones humanitarias y la obligación de resguardar los derechos humanos de las personas migrantes, habrá que meterle una buena dosis de gestión dura y bien concreta, que permita ordenar el caos resultante de la crisis migratoria y reestablecer la cohesión social indispensable para acogerla.
Tanto para hacerse cargo de la demanda ciudadana, como para evitar la amenaza de una arremetida populista de corte xenófobo, como ya ha ocurrido en tantos lugares del mundo.
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