El primer semestre todavía no define el año, pero sí deja escrita una advertencia en la pizarra. Para que Chile vuelva a crecer con fuerza en el largo plazo, no bastará con sumar más horas trabajadas.
El empleo y la productividad son dos trenes que recorren rieles bastante cercanos. Cuando el mercado laboral pierde dinamismo, la productividad difícilmente queda al margen. De hecho, cuando cada hora trabajada produce menos, el crecimiento de largo plazo comienza a resentirse. Por ello, las cifras económicas del primer trimestre de este año no solo permiten mirar la coyuntura, sino también recordar la urgencia de reformas pendientes.
El mercado laboral ha sido una preocupación recurrente en el debate público. Más allá de las alarmantes cifras de desempleo, indicador que alcanzó un 8,9% en el primer trimestre, resulta clave observar que está ocurriendo con la creación neta de trabajo. Al analizar las horas totales efectivamente trabajadas en la economía chilena, se observa que, en el primer trimestre de 2026, su nivel permanece prácticamente igual al de un año atrás. Ello se explica porque, aunque que el número de personas ocupadas aumentó en un 0,5%, las horas promedio trabajadas por semana cayeron en una magnitud similar.
A este cuadro se suma la reciente publicación del Banco Central de Chile sobre la actividad económica del primer trimestre, que da cuenta de una contracción anual de la producción del país (-0,5%). Con estos números en la pizarra, la conclusión preliminar es clara. Si la producción cae y las horas trabajadas permanecen constantes, entonces la productividad del trabajo disminuye. En simple, cada hora trabajada está produciendo menos que hace un año atrás.
Por cierto, este ejercicio no considera otros factores relevantes para explicar la evolución de la productividad, como el capital o la distribución del capital humano entre las personas ocupadas. Sin embargo, sí permite ilustrar un desafío persistente para Chile. Elevar el crecimiento de largo plazo requiere, entre otras cosas, que el trabajo se asigne mejor. Para ello, es necesario que existan menos rigideces para la contratación en el sector formal, a modo tal que los trabajadores puedan desplazarse hacia empleos de mayor productividad.
En este punto, la discusión pasa a ser institucional. Chile tiene hoy sobre la mesa al menos dos agendas urgentes que inciden directamente en la forma en que se asigna el trabajo.
La primera es la postergada discusión sobre la reforma al sistema de sala cuna. El artículo 203 del Código del Trabajo obliga a las empresas a proveer sala cuna cuando contratan veinte o más trabajadoras, generando una distorsión evidente. El costo del cuidado infantil queda asociado a la contratación femenina y, en particular, al tamaño de la dotación de mujeres en cada empresa. En la práctica, esto desincentiva la contratación de mujeres, afecta sus trayectorias laborales y limita su participación en empleos formales.
Corregir esta distorsión no es solo una materia importante de equidad de género, también es una política de productividad. Si una parte relevante del talento disponible enfrenta barreras institucionales para insertarse o permanecer en el mercado laboral formal, la economía está utilizando de manera ineficiente sus recursos.
La segunda agenda es la reducción de la informalidad laboral mediante incentivos a la contratación de empleos formales. La evidencia empírica muestra que los empleos informales suelen concentrarse en unidades económicas de menor productividad, con bajo acceso a capital, capacitación y tecnología.
Facilitar el tránsito desde la informalidad hacia la formalidad no solo mejora la seguridad económica y social de los trabajadores, sino que también puede contribuir significativamente al incremento de la productividad agregada (Bastidas y Acosta, 2019). En este ámbito, es necesario que en la discusión del Senado se analice el potencial que posee el crédito tributario propuesto en el Proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional, respecto a los incentivos asociados a la transición de la informalidad a la formalización, y evaluar los cambios en el diseño de este instrumento.
Mirar el futuro con optimismo es perfectamente viable si recordamos que durante los últimos dos años Chile registró cifras positivas en materia de productividad (CNEP, 2026). Sin embargo, la pregunta relevante es si esa trayectoria será sostenible. El primer trimestre de 2026 no permite despejar esa duda con buenas luces, pero sí ayuda a recordar que la productividad no aumenta por inercia. Requiere remover cuellos de botella, mejorar incentivos y permitir que el trabajo se asigne donde genera mayor valor.
El primer semestre todavía no define el año, pero sí deja escrita una advertencia en la pizarra. Para que Chile vuelva a crecer con fuerza en el largo plazo, no bastará con sumar más horas trabajadas. El desafío es destrabar los nudos estructurales que impiden que cada hora de trabajo rinda los frutos que el desarrollo del país exige.
Del optimismo al freno en Chile: inflación y crecimiento bajo presión. Por Carolina Grünwald. https://t.co/kSOp03dl80
— Ex-Ante (@exantecl) May 28, 2026
