La automatización del juicio

El rastro que antes se evaporaba hoy distingue al directorio que ejerció criterio del que solo lo aparentó. Los buenos directorios nunca temieron ser leídos. Ahora, simplemente, lo serán.


Hace algunas semanas escribí aquí sobre el riesgo de que los directorios, seducidos por herramientas que producen respuestas cada vez más convincentes y en menos tiempo, terminen pensando de menos. Falta la otra cara, más incómoda: la inteligencia artificial no solo arriesga erosionar el criterio de los directores. Lo deja por escrito.

Desde que existen los directorios en su forma moderna, el registro de sus deliberaciones y decisiones ha sido una construcción cuidada. El acta consignaba el acuerdo, los votos, no la duda. La minuta llevaba la recomendación, no las tres opciones que alguien descartó, desvelado, la noche anterior. El razonamiento fino vivía en las cabezas y en conversaciones que no dejaban rastro. Sobrevivía la versión pulida, revisada por el fiscal. El resto se evaporaba.

Con las nuevas tecnologías eso se está acabando, más rápido de lo que nos damos cuenta. Lo dice bien Erika Eliasson-Norrisen un blog reciente: cuando uno le pregunta algo a una IA, no obtiene solo una respuesta. Deja un registro de cómo piensa. La pregunta revela lo que asumía; la repregunta, lo que le preocupaba; lo que no preguntó, lo que jamás se le ocurrió revisar. Juntas, esas huellas forman algo que un libro de actas nunca tuvo: una transcripción del juicio en movimiento.

Y eso cambia algo de fondo. El deber de cuidado de un director se ha medido siempre contra un benchmark: el cuidado y diligencia que los hombres emplean ordinariamente en sus propios negocios, a la luz de la información disponible.

La inteligencia artificial está cambiando, en silencio, qué cuenta como información disponible. Si la herramienta disponible en el bolsillo podía advertir la concentración de riesgo, la exposición oculta, la señal de alerta temprana, entonces no preguntar empieza a parecerse a una decisión, no a una limitación. La curiosidad estaba a un prompt de distancia.

Hay dos lados en esta moneda. Uno luminoso: el mismo rastro que delata al directorio que prefirió no mirar, protege al que sí miró. Un sistema que te muestra tu punto ciego también deja constancia de que lo viste y actuaste. El acta que prueba que se detectó el riesgo, se hizo la pregunta incómoda y se decidió es la mejor defensa que un directorio puede dejar. La permanencia que hoy inquieta es, bien usada, la prueba de que el directorio hizo su trabajo.

El otro lado trae una advertencia: el año pasado, un CEO le pidió a ChatGPT una estrategia para eludir maliciosamente un pago contingente de US$250 millones. En un fallo de marzo pasado, la Court of Chancery de Delaware le leyó de vuelta esas conversaciones —prueba de su verdadera intención— y reparó en que había intentado borrar algunas (Fortis Advisors v. Krafton).

Detalle que conviene memorizar: un chatbot no es tu abogado. No hay secreto profesional; lo que le escribes es, llegado el caso, descubrible. Y el escrutinio sobre las decisiones del directorio solo crece: el rastro de cómo razonó ya no es una amenaza abstracta. Es donde se analizará si cumplió su deber.

Nada de esto traslada la responsabilidad a la IA. Los directores pueden apoyarse en herramientas más o menos opacas para decidir, pero la cuenta la rinde cada uno, y el registro de prompts dirá si ejerció criterio propio o se limitó a delegarlo. El peor camino es el del miedo: usar estas herramientas a escondidas, dejando registros en la sombra que la empresa no puede gobernar ni encontrar. Eso no es prudencia. Es el germen de la próxima crisis de gobierno corporativo.

La buena gobernanza siempre supuso que el registro podía leerse, y la mejor acta es la que uno vería citada, sin sobresaltos, en el diario del domingo. La novedad es que el principio ahora alcanza también a lo que uno le escribe a la IA, fuera de las sesiones.

En la columna anterior propuse que la IA no podrá reemplazar el coraje intelectual de un director dispuesto a pensar por sí mismo. Agrego algo: ese coraje quedará registrado.

No es una amenaza, es una realidad. El rastro que antes se evaporaba hoy distingue al directorio que ejerció criterio del que solo lo aparentó. Los buenos directorios nunca temieron ser leídos. Ahora, simplemente, lo serán.

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