La política se ha convertido en una actividad dominada por la inmediatez, donde la visibilidad importa más que la coherencia y cada aparición está diseñada para generar titulares. Un cambio que tiene mucho más que ver con los nuevos incentivos que con la ideología. Es la dictadura del algoritmo.
La dictadura del algoritmo. Es un lugar común decir que sin los partidos políticos no hay democracia, que cumplen una función que va mucho más allá de la mera competencia electoral; que durante buena parte de nuestra historia republicana han sido, además comunidades intelectuales, con cuerpos doctrinarios y dirigentes capaces de defender una determinada visión de país.
- Hoy el panorama es muy diferente, desolador. Muchos partidos ya no producen ideas sino reacciones. Han dejado de anticipar los problemas para limitarse a comentar los acontecimientos del día.
- Su horizonte estratégico limita con el próximo sondeo de opinión. La política se ha convertido en una actividad dominada por la inmediatez, donde la visibilidad importa más que la coherencia y cada aparición está diseñada para generar titulares.
- Un cambio que tiene mucho más que ver con los nuevos incentivos que con la ideología. Es la dictadura del algoritmo.
El “influencer”. No hace mucho tiempo los políticos competían por convencer, pero hoy lo hacen por viralizarse, un fenómeno que está cambiando profundamente su conducta y prioridades; la naturaleza de la actividad de los políticos y de la política.
- El dirigente que antes medía su influencia por la solidez de sus ideas, su capacidad para construir acuerdos o su estatus dentro de la jerarquía partidista hoy lo hace por la cantidad de reproducciones de un video, el alcance de una publicación o la velocidad con que una frase se convierte en tendencia.
- El político tradicional está siendo desafiado por el “influencer”. Antes, el prestigio se construía a partir de trayectoria. Hoy, la recompensa es inmediata y la obtiene quien logra captar la atención durante unos pocos segundos.
- En ese nuevo ecosistema, pensar demasiado puede ser un defecto. Lo importante es reaccionar primero. La política deja de organizarse alrededor de las ideas que son reemplazadas por la visibilidad.
- Eso explica en parte el deterioro que observamos en el Congreso. El Parlamento, que debería ser el lugar donde se confrontan proyectos de país, se ha convertido para muchos en un “set” donde cada intervención parece diseñada para generar un clip de treinta segundos. La lógica del debate fue desplazada por la lógica del algoritmo.
Las ideas pasan a segundo plano. No es casualidad que algunos parlamentarios viajen al extranjero para perfeccionarse en estrategias de comunicación digital. No buscan aprender más sobre economía, seguridad, política pública o relaciones internacionales. Buscan dominar las herramientas que les permitan administrar directamente su imagen, sin la intermediación de periodistas incómodos y sin depender de los medios tradicionales. El objetivo ya no es solo representar ciudadanos; también es construir una marca personal.
- El drama es que las redes sociales premian conductas muy distintas de las que exige una buena democracia.
- Premian la simplificación, la confrontación y la indignación. Castigan los matices, la complejidad y la prudencia. Un análisis serio difícilmente competirá con una descalificación ingeniosa. Una reforma estructural jamás obtendrá la atención que genera una pelea pública entre dirigentes.
- Por eso proliferan las acusaciones constitucionales convertidas en espectáculos comunicacionales más que en instrumentos excepcionales de control institucional. Por eso aparecen proyectos de ley con nombre y apellido cada vez que un caso policial conmueve al país. Por eso cada crimen particularmente violento genera una nueva propuesta penal antes incluso de conocerse todos los antecedentes.
- Cuando la visibilidad se convierte en el principal activo político, las ideas pasan a segundo plano. Elaborar una propuesta seria exige estudio, tiempo y disposición a asumir costos. Grabar un video indignado requiere apenas un teléfono celular.
- Así, el político comienza a parecerse cada vez más a un creador de contenidos. Su principal preocupación deja de ser cómo resolver un problema y pasa a ser cómo posicionarse frente a él.
La lógica de las plataformas digitales. El populismo encuentra en este ambiente un terreno extraordinariamente fértil. Las plataformas digitales recompensan la identificación permanente de culpables y las promesas de soluciones inmediatas. La política deja de ser un ejercicio de deliberación para convertirse en una competencia por acumular atención.
- No se trata de que los políticos no graben videos o usen TikTok e Instagram. Es perfectamente legítimo que aprovechen las nuevas tecnologías para comunicarse con la ciudadanía. El problema surge cuando el medio termina moldeando el mensaje y, peor aún, cuando la lógica de las plataformas digitales comienza a reemplazar la lógica de la democracia representativa.
- Un algoritmo no distingue entre una buena idea y una mala; solo mide cuál genera más interacción. Y todos sabemos qué tipo de contenidos producen más clics: la indignación, la descalificación, la caricatura del adversario y las promesas grandilocuentes.
Coaliciones frágiles. Esta nueva forma de hacer política también ha debilitado a los partidos. Antes, un dirigente construía liderazgo recorriendo el territorio, formando equipos, elaborando propuestas y ganándose el reconocimiento de sus pares.
- Hoy puede acumular un enorme capital político desde su teléfono celular. Su principal activo ya no es el respaldo de su colectividad, sino el número de seguidores que puede movilizar.
- La disciplina partidaria pierde fuerza porque el verdadero poder ya no reside únicamente en la estructura del partido, sino en la capacidad individual de influir sobre una comunidad digital.
- No es casual que las coaliciones sean cada vez más frágiles. Cuando el liderazgo se construye sobre marcas personales y no sobre convicciones compartidas, resulta mucho más difícil sostener proyectos colectivos.
- Las lealtades se vuelven transitorias y las diferencias internas se amplifican porque cada dirigente siente la necesidad de diferenciarse para mantener vigente su propia audiencia. El algoritmo premia la individualidad; la política democrática necesita cooperación.
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