La fama es eterna en cinco minutos: de Izkia Siches a Mara Sedini. Por Álvaro Vergara

Hace unos seis años, la exvocera Mara Sedini era cantante. A través de distintos programas de entrevistas y su participación en Sin Filtros, se hizo un nombre entre los sectores afines a la derecha. Esos halagos, sumados a la épica de la campaña del presidente Kast y al envión del triunfo contundente, la llevaron a la vocería. Pero los mismos ataques que Sedini utilizó para abrirse espacio en la política terminaron por atraparla.


El fugaz paso de Mara Sedini en el Ejecutivo es un ejemplo de cómo los winners suelen terminar mal. La gente tiene memoria; por eso, las frases que se dicen en el debate público deben elegirse con cuidado. Los ataques pueden servir para ganar notoriedad, pero nunca bastarán para construir un proyecto valioso. Maquiavelo lo advierte en El Príncipe: a los enemigos se los destruye por completo o estos terminarán destruyéndote.

Existen dos arquetipos de políticos que suelen explotar la polémica como herramienta. Por un lado, están quienes ya cuentan con un currículum consolidado y utilizan la trifulca para instalarse en la contingencia. Ahí podrían ubicarse, entre otros, figuras que pasaron por Sin Filtros, como Enrique Bassaletti o Iván Poduje. Ambos contaban con una trayectoria sólida e ingresaron al espectáculo como un medio para alcanzar objetivos de campaña. Una vez conseguidos, se alejaron de ella y ejercieron sus nuevos cargos con talante republicano.

En el segundo tipo podrían ubicarse Mara Sedini e Izkia Siches. A diferencia de los primeros, aquí la relación parece invertirse: son la polémica y los programas de farándula política los que terminan utilizándolos para generar visualizaciones (basta ver la cara de Gonzalo Feito en Sin Filtros cuando le dan lo que está buscando). Emplean una retórica agresiva, cargada de frases prefabricadas y cifras repetidas para enfrentar a un enemigo y transformarse, como un mero medio, en un reel en Instagram. En ese tipo de espacios, terminan convencidos de que las consignas bastan para construir una carrera política.

En su momento, Izkia Siches (hoy casi olvidada) alcanzó notoriedad por enfrentar al gobierno del entonces presidente Sebastián Piñera en uno de los periodos más delicados de la historia reciente de Chile: la pandemia. En medio de aquella crisis marcada por la desesperación, la muerte, la incertidumbre y la saturación del sistema de salud, llegó a calificar a las autoridades de “infelices”.

Más tarde, el manejo de la pandemia por la administración Piñera fue bien evaluado a nivel internacional y ciudadano. Izkia Siches, convencida de haberse convertido en una política de carrera, se involucró en la campaña de Gabriel Boric y llegó al Ministerio del Interior. Pero su legado en la cartera consiste en dos recuerdos: la fallida visita a Temucuicui y la frase sobre los aviones con extranjeros expulsados del país.

Los convencidos de izquierda la llevaron a creer que podía desempeñarse con éxito en uno de los cargos más complejos del Estado. Sin embargo, sus pasos fueron efímeros: participó en la campaña, entró al gabinete, se equivocó, la oposición cobró y pasó a la historia.

La situación con Mara Sedini fue similar. Hace unos seis años, la exvocera de gobierno era cantante. A través de distintos programas de entrevistas y su participación en Sin Filtros, se hizo un nombre entre los sectores afines a la derecha. Esos halagos, sumados a la épica de la campaña del presidente Kast y al envión del triunfo contundente, la llevaron a la vocería.

Pero los mismos ataques que Sedini utilizó para abrirse espacio en la política terminaron por atraparla. Desde la izquierda y el mundo periodístico se le recordó de manera constante sus intervenciones, en un clima de cuestionamientos que se potenciaron con errores propios. Esa mezcla la mantuvo errática y minó su confianza. La ministra se convirtió en un punto débil del gobierno, y la izquierda, consciente de eso, centró sus ataques matonescos en ella.

Sedini, sin embargo, no contaba con la experiencia de un político para responder sin errores a preguntas complejas e intencionadas. La mayor parte de su experiencia pública se había desarrollado en un panel de tres personas de izquierda contra tres personas de derecha, con un periodista que los incitaba a decir cosas a la rápida.

Tras su caída, las redes sociales se llenaron de reacciones y se recordó un video en el que, con un tonito, decía: “¿en qué mundo un h… que hace mal la pega después le regalan unos puestos de altos cargos públicos?”.

El cambio en la vocería refleja la necesidad de revalorar una tradición de la derecha más austera, de bajo perfil y centrada en el trabajo. Claudio Alvarado y Martin Arrau se inscriben en esa línea: llegaron a sus cargos por trayectoria, política y trabajo. Un esfuerzo sostenido en esa dirección puede rendir frutos y mostrar que existen horizontes más allá de las consignas de TikTok. La polémica se está transformando en el status quo y, como todo estado de cosas, en algún momento enfrentará una reacción. Ojalá ocurra más temprano que tarde.

El que siembra torbellinos cosechará tempestades, sostiene el libro de Oseas.

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