Llegó la hora de la política

Ayer a las 6 de la tarde envié éste mi artículo semanal a Ex-Ante, pero antes de que pasara una hora cayó en los teletipos la noticia del ajuste de gabinete que involucraba la salida de las ministras de Seguridad y Secretaría General de Gobierno. Dejo intacto el texto porque lo que hacía era explicar la necesidad urgente de hacer este cambio. Sólo agregaré un par de párrafos finales para analizar el conjunto del ajuste ministerial.


Transcurridas ya diez semanas desde que asumió el gobierno encabezado por el presidente Kast, es evidente que ya no puede seguir concibiéndose en rodaje. Es un tiempo razonable para evaluar, tanto las apuestas en materia de conformación del gabinete como el diseño de funcionamiento gubernamental.

Es evidente, como lo analizamos aquí la semana pasada, que en materia de diseño, el gobierno debe terminar con la disociación entre el poder real y el poder formal en la conducción y control político del gabinete, lo que parece haber iniciado su curso, al igual que el proceso de desarrollo de contrapeso político interno al poder incontrarrestable de Hacienda para un gobierno equilibrado.

El problema es que el gobierno puede naufragar tempranamente si no hace constatación de sus errores en las apuestas iniciales de conformación de su equipo. Sé que lo habitual es esperar a septiembre, dándoles a ministros, subsecretarios y delegados presidenciales 6 meses de gracia para desenvolverse, probar sus capacidades y dejar en evidencia sus defectos. A excepción de Bachelet, que cambió a los titulares de Interior, Economía y Educación a sólo 4 meses de iniciado su mandato.

Las características excepcionales del gabinete del presidente Kast en cuanto al predominio absoluto de debutantes en la condición de ministros y la mayoría de ellos sin ninguna experiencia en labores de gobierno, sin militancia en partidos ni participación política previa, se explica en parte por la travesía por el desierto que hubo de hacer José Antonio Kast en tres candidaturas presidenciales y la constitución de un partido propio, en ruptura y aislado de la élite de derecha, pero también del entusiasmo que le debe haber provocado la obtención de 58,2% y 7,26 millones de votos, el respaldo electoral más masivo obtenido por un presidente en la historia de Chile.

Sólo la mala lectura del significado de la votación de segunda vuelta, error recurrente en sus predecesores, explica que se haya sentido en condiciones de prescindir de manera casi total de la pléyade de autoridades fogueadas en los gobiernos de Piñera y de partidos y dirigentes de Chile Vamos con nutrida experiencia y trayectoria política. Es lo que explica también la idea de gobernar de una manera distinta, con un ministro de Hacienda sin contrapeso en la conducción económica y un segundo piso a cargo de la conducción y control político.

El problema es que el agua volvió rápidamente a su cauce. Más rápido de lo previsto incluso, por la inesperada e inusitada alza del petróleo generada por la intempestiva decisión de Trump de iniciar una guerra con Irán. No habían transcurrido dos semanas y ya el rechazo superaba el apoyo a la gestión presidencial.

Es que sólo 3,1 millones (23,9%) prefirieron a Kast y su programa cuando tuvo otras alternativas, el voto de segunda vuelta es mayoritariamente de rechazo a la continuidad de quienes gobernaban, una parte significativa no suponía adhesión ni al programa ni al liderazgo de Kast. Le ocurrió a Boric a tres semanas de haber iniciado su mandato. Sin mediar la guerra y sus efectos, probablemente le habría sucedido a Kast algo más tarde, pero inexorablemente habría terminado minoritario en la sociedad más temprano que tarde.

El diseño de conducción Hacienda-Segundo Piso y gabinete debutante y muy dependiente, con partidos poco involucrados y por lo mismo escasamente comprometidos, dejó de ser un diseño útil cuando se rompió la ilusión generada por el extraordinario resultado del 14 de diciembre pasado. Ahora que tiene que enfrentar la realidad, necesita partidos que participen protagónicamente en el gobierno y lo defiendan sin titubeos, y equipo de autoridades empoderadas que tomen riesgos y comuniquen lo que hacen.

Para nadie es un misterio que Kast ganó la primera vuelta a Parisi, Kaiser y Matthei porque tuvo mayor credibilidad en materia de lucha contra la delincuencia/narcotráfico, control migratorio y recuperación económica. Y si hay que elegir una razón para su triunfo, es la de haber sido visto como la opción más capaz de enfrentar la situación de inseguridad en el país.

Por eso es tan grave y potencialmente puede afectar la línea de flotación del gobierno que la ministra de Seguridad tenga una de las peores evaluaciones de todo el gabinete, sólo por encima de la vocera, justamente la que debe potenciar la acción gubernamental en las principales promesas y expectativas señaladas.

Porque la promesa de recuperación del crecimiento será difícil de cumplir, y de verificarse, será bastante más tarde de lo que esperan las personas. De hecho, las proyecciones de crecimiento para el primer año de Kast son significativamente inferiores a la tasa de 2,5% calificada de “mediocre” del último año del gobierno de Gabriel Boric.

Tampoco se ve claro que un gobierno en principio más amigable para el empresariado como el de Kast logre generar el entusiasmo esperado y revierta tendencias que parecen estructurales, como lo muestra la sorprendente cifra de capitales salidos de Chile el primer trimestre de 2026, US$2.163 millones, mucho más del doble que el año pasado y casi tanto como el primer trimestre del año que asumió el presidente Boric, que atemorizaba al empresariado porque llegaba a la presidencia impulsado por la corriente de cambio generada por el estallido social.

Si la promesa de recuperación económica tomará su tiempo en cumplirse, aumenta la presión sobre el tema de seguridad y migración. Pero resulta que luego de la contraperformance de la ministra en el Congreso y dos meses defendiéndose de sus desaguisados con la PDI en lugar de intentar revertir la percepción de riesgo, 64% de los encuestados por Cadem (35% entre los que se autoidentifican de derecha) cree que el gobierno no tiene plan de seguridad concreto.  De consolidarse esta percepción, puede provocar el naufragio del gobierno. La credibilidad en un ámbito determinado como lo consiguió Kast en el de la seguridad, es muy lento y difícil de conseguir, pero se puede perder de manera vertiginosa. Después de 6 meses, quizás ya será demasiado tarde. Aquí es donde se pone a prueba el liderazgo presidencial.

Fue su promesa principal, es la expectativa mayor de la ciudadanía, fue la razón determinante de su triunfo presidencial. Si fracasa aquí, habrá fracasado su gobierno.

Llegó la hora de la política. Para enfrentar el trámite legislativo de la Ley de Reconstrucción en el Senado, para reforzar su gabinete ministerial y para gobernar desde los ministerios y equilibrando las necesidades económicas con las sociales y políticas. Si quiere tener éxito, el presidente Kast deberá convocar pronto a su gobierno toda la experiencia y capacidad disponible en la derecha y el centro, y deberá involucrar de manera protagónica a los partidos políticos que lo respaldan. Aquí terminaba mi artículo de ayer.

Lo ocurrido anoche demuestra capacidad de decisión, porque no es fácil a tan poco tiempo de haberlas invitado a acompañarlo, decirle a dos personas de confianza, con quien seguramente ha construido lazos, que ya no le sirven al gobierno en el ejercicio de sus responsabilidades y deben abandonarlo. En la práctica, se trata de reconocer errores de su apuesta inicial, de aceptar que ésta no funcionó, que se trató de una mala partida y debe reiniciar su gobierno en ámbitos tan claves como la principal promesa en materia de seguridad y en la función estratégica de comunicaciones.

También muestra la resistencia del presidente Kast a mirar más allá de los suyos para reclutar cuadros de experiencia del mundo piñerista y de Chile Vamos, puesto que el reforzamiento de su gobierno se hace exclusivamente con ajustes internos en su gabinete.

Seguramente habría preferido esperar hasta septiembre para ver si alguna de ellas lograba retomar su camino, pero la inminencia del fallo desfavorable de  Contraloría sobre el actuar de la ministra Steinert en la salida de una autoridad interna de la PDI y la solicitud de interpelación que podría haberla expuesta a repetir el bochorno de la semana pasada, aceleraron su salida. Este ajuste ministerial bate todos los récords por lo temprano, el anterior lo había protagonizado Bachelet en su primer gobierno al cambiar a los ministros del Interior, Educación y Economía el 14 de julio de 2006, a 4 meses de haber iniciado su mandato presidencial.

Es evidente que con la salida de las dos ministras se libera de dos figuras que estaban constituyendo un lastre para su gobierno y que los cambios representan un reforzamiento gubernamental. Aunque supongan reconocer el error inicial, aunque contaminen inevitablemente el impacto de la asegurada aprobación en la Cámara de su proyecto estrella y aunque la pureza de su decisión puede verse distorsionada en los próximos días por la resolución de Contraloría.

Al agregar la función de vocería al ministro del Interior, Claudio Alvarado, lo que hace es terminar con la anomalía inédita de que por primera vez teníamos una responsable de comunicar tan alejada del núcleo de decisión y conducción gubernamental. La vocería la ejercerá ahora alguien que sin duda participará protagónicamente en las decisiones que deben ser comunicadas y, al mismo tiempo, alguien que podrá coordinar y potenciar para que el conjunto del gabinete también comunique. Porque un gobierno debe comunicar a través de todos sus ministros la totalidad de sus acciones, no sólo a través de una vocería centralizada.

También hay que decir que agregarle poder al ministro del Interior refuerza el camino iniciado de instalar el poder real en el espacio y actor institucional donde está el poder formal, terminando de poner la lápida al diseño inicial que situaba el poder real de conducción y control político en la jefatura del Segundo Piso. Además, resulta muy natural que la principal vocería sea ejercida por el primus inter pares del gabinete, particularmente ahora que ya no tiene la responsabilidad de la seguridad como antaño y su función de conducción y coordinación ministerial se hace más patente.

Al ministerio de Seguridad llega el ministro de Obras Públicas Martín Arrau, quien fuera el jefe de campaña y probablemente uno de los integrantes del gabinete en los que deposita más confianza el presidente Kast. Es un cuadro político fogueado y buen comunicador, aunque carece de la experticia en el ámbito de la seguridad y las redes necesarias para moverse en ese mundo.

El diagnóstico presidencial, sin embargo, no está equivocado, el liderazgo político, la capacidad de gestión y de comunicar son más importantes que la especialización. Naturalmente había personalidades de gobiernos anteriores de derecha que agregaban especialización a los demás requerimientos del cargo, pero el presidente Kast prefirió nombrar a alguien del círculo más cercano y cuadro político del Partido Republicano.

Es cierto que había precedente de biministro de Obras Públicas y Transportes, en el gobierno de Lagos fue biministro Carlos Cruz, pero en ese caso se le agregó Transportes al entonces ministro de OO.PP, ahora es a la inversa, el ministro de la repartición más pequeña se hace cargo de la más grande, una de las más voluminosas del Estado. Aquí también operó la resistencia presidencial a ver más allá de los suyos.

Este temprano ajuste es una buena decisión, no cabe duda. Evita el naufragio inminente en una materia tan central como la principal promesa gubernamental y expectativa ciudadana y refuerza una de las dimensiones más débiles del gobierno, que es la comunicación. Parte de nuevo, de cierta manera.

Sigue pendiente, sin embargo, la necesidad de convocar pronto a su gobierno toda la experiencia y capacidad disponible en la derecha y el centro, involucrando de manera protagónica a los partidos políticos que lo respaldan.

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