Momentos de gloria. Hubo un tiempo en que la Democracia Cristiana fue el partido más influyente de Chile. No solo porque eligió presidentes o porque arrasó en elecciones parlamentarias, sino porque encarnó una visión integral de país: un Chile cristiano, reformista, democrático y humanista.
La fractura. La DC pasó a ser el blanco tanto de la derecha como de la izquierda. Para los sectores conservadores, había abierto las puertas al marxismo. Frei fue bautizado como el “Kerensky chileno”, en alusión al líder menchevique cuya tibieza, según la ortodoxia soviética, permitió el ascenso de Lenin. P
La penitencia. La DC fue clave en la recuperación democrática —lideró el No, formó parte de los gobiernos de la Concertación y contribuyó decisivamente a la derrota de Pinochet—, jamás se sacudió del todo el peso de su pasado. Cargó con una culpa que se volvió política: la necesidad constante de “expiación”, de compensar su “pecado original”, la llevó a desarrollar una relación asimétrica con la izquierda. Desde entonces, sus alianzas han estado condicionadas por esa lógica penitencial.
Vagón de cola del oficialismo. Hoy, la DC apenas una sombra de sí misma. Ha perdido a la mayoría de sus diputados y senadores, muchos de los cuales han migrado a Demócratas, una escisión que, sin complejos ni traumas, pacta con Chile Vamos. Su único expresidente vivo, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ya no se siente representado por el rumbo que ha tomado el partido.
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