Feminismo o convención, esa es la cuestión: La definición presidencial del Frente Amplio. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

Por ahora, no importa que el feminismo o la convención sean conceptos a la baja en el mercado político nacional. Lo que importa es su capacidad simbólica y narrativa de motivar al (desmotivado) votante de izquierda. Si bien el gobierno ha estado muy ocupado con cuestiones más mundanas como orden público y economía, tanto Orellana como Bassa les permiten a sus cuadros salirse un segundo del día-a-día para pensar en qué diablos son y qué carajos quieren.


Como han observado varios analistas respecto de la indefinición presidencial del Frente Amplio (FA), hay una aparente contradicción entre defender a brazo partido la “obra” del presidente Gabriel Boric y escabullir la responsabilidad de cargar sus banderas en una eventual primaria oficialista. Si el gobierno es tan bueno, especialmente cuando lo lidera un correligionario, debería haber una larga lista de aspirantes al honor de sucederlo. En cambio, sus potenciales cartas articulan razones para declinar y se esconden como esos jugadores que no piden la pelota.

Muchos de ellos esperaban ser representados por Michelle Bachelet. No había deshonor en cobijarse bajo el paragua materno, total allí caben todos y nadie pierde. La negativa de la expresidenta los obligó a pensar por sí mismos. Ya no pueden esquivar el bulto.

La primera opción casera era Tomás Vodanovic, el fenómeno de Maipú. Pero fue más claro que la propia Bachelet en su negativa. Sus excusas son perfectas: acaba de adquirir un compromiso con los maipucinos que no piensa traicionar, y le falta mucho trajín y sabiduría para merecer La Moneda. Después de cuatro años del presidente joven-que-ama-la-vida-que-enfrenta-la-muerte del que canta León Gieco, esta última respuesta le gustó a moros y cristianos.

Corrió la lista y aparecieron los nombres de Beatriz Sánchez y Gonzalo Winter, embajadora en México y diputado por el distrito 10, respectivamente. También anticiparon negativas. La “Bea” tuvo un buen rendimiento electoral en 2017, cuando asumió la tarea de representar al naciente FA porque ninguno de sus fundadores tenía la edad suficiente. Pero esa estrella se fue apagando.

Winter, por su parte, es el prototipo del dirigente frenteamplista: joven educado, pero siempre indignado. Más papista que el Papa, le mandó a decir al propio Boric que ya basta de pedir perdón. Una primaria le habría servido para mostrarse nacionalmente, incluso aspirar al Senado. Sin embargo, él mismo entendió que no está el horno para ese bollo.

Quedan dos alternativas. A primera vista, son contra-intuitivas. Pero sígame la corriente. La primera es Antonia Orellana, alias Toti, ministra de la Mujer y Equidad de Género. Es cierto que no es un desborde de carisma, pero encarna una coordenada central del proyecto frenteamplista: el feminismo. Quizás la más importante, como confesó acorralado Miguel Crispi en 2018.

La objeción cae de cajón: le van a sacar en cara el caso Monsalve y el aparente poco compromiso del gobierno con el #amigayotecreo. Pero como cae de cajón, la respuesta será una metralleta de logros y avances del “primer gobierno feminista de la historia”. Esto le importa un pepino al viejo que vota en Combarbalá, pero sigue teniendo tracción entre mujeres jóvenes y urbanas, allí donde está el público cautivo del FA. Ninguna de sus eventuales contendoras -Matthei, Tohá, Jara- le gana en la cancha de los pañuelos verdes. De entrada, Orellana podría emplazar a Johannes Káiser, el anti-feminista por antonomasia, y redituar de la atención mediática de ese choque.

Si se confirma lo de Jeannette Jara representando al PC, además, Boric podría cachetonearse de tener tres exministras en competencia por la sucesión. Piñera tuvo cuatro, en ese horrible 2013 que vio caer como palitroques a Laurence Golborne, Andrés Allamand, Pablo Longueira, hasta llegar finalmente a la candidatura presidencial de Evelyn Matthei, que aperró con lo que tuvo y fue barrida por la súper-Bachelet de entonces.

La otra opción es Jaime Bassa. Ya sé lo que está pensando: carga con la mochila de la Convención y su estrepitoso fracaso. Pero no estamos pensando en la primera vuelta, sino en la primaria de la izquierda, donde se supone participan los votantes del Apruebo. Allí hay mucho viudo de la Convención, con ganas de sacar la voz, de darle otra vuelta al trauma, de amojonar un relato de lo que ocurrió. Bassa entrega esa chance.

La leyenda interna cuenta que Bassa era partidario de tender puentes con la derecha en la Convención, ya sea por convicción o estrategia. Se la jugó para que tuvieran un vicepresidente (cargo que ocupó inicialmente Rodrigo Álvarez), contra la opinión del PC liderado por Marcos Barraza. Allí fue notificado -o chantajeado- de que los acuerdos debían hacerse siempre con la izquierda y nunca con la derecha… o no habría acuerdos.

Adicionalmente, Bassa no tira el poto pa’ la moras: dijo que está disponible. Ya sea para ser candidato a diputado o para dormir sin ansiolíticos, necesita resarcirse y sacarse la mufa. No hay mejor remedio que una asamblea coreando tu nombre para presidente de la república.

En resumen, feminismo o convención, esa es la cuestión. Por ahora, no importa que sean conceptos a la baja en el mercado político nacional. Lo que importa es su capacidad simbólica y narrativa de motivar al (desmotivado) votante de izquierda. Si bien el gobierno ha estado muy ocupado con cuestiones más mundanas como orden público y economía, tanto Orellana como Bassa les permiten a sus cuadros salirse un segundo del día-a-día para pensar en qué diablos son y qué carajos quieren.

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